martes, 30 de diciembre de 2008

Feliciano 2009


Feliz año 2009 a todos aquellos que habéis visitado este blog. Espero que haya sido un entretenimiento aceptable y que siga siéndolo en el futuro.
No os deprimais por el 2008. No quiso ser como lo demás, y a fé que lo consiguió.

¡Hasta el año que viene!

lunes, 22 de diciembre de 2008

La tele está pachucha


La televisión no es más que un sustitutivo barato y aséptico de la vida.
Y sin embargo, el que se sienta frente a la pantalla de su receptor, espera obtener de ella justamente aquello que le niega el mundo real: Emoción, diversión, sensaciones fuertes, etc... O sea, una especie de maná psicoterapéutico.
Lamentablemente, y para su desdicha, suele quedarse siempre al final de la programación, y ahí está lo terrible, con el remordimiento por el enorme y valioso tiempo perdido.
Hay pues una relación viciada entre el telespectador y el objeto de su deseo, pero tampoco se diferencia mucho de aquello que observa en su entorno social, en el que, a fuerza de desatenderlo sistemáticamente, carece de opciones para interactuar. En ambos medios, todo lo más que recibe son estímulos huecos, nada más que eso. Y así, por lógica, también se siente cada vez menos tentado a cambiar de actitud.
No es que este, nuestro espécimen, sea tonto, como mucha gente insinúa a menudo. Y desde luego, sabe perfectamente que el noventa por ciento de lo que se emite por la caja tonta es prescindible, e incluso potencialmente dañino para su propio patrimonio intelectual y emocional.
Pero eso a millones y millones de seres anónimos como él, repartidos por todo el orbe, parece darles igual. Y en el fondo hacen como si nada, o lo que es lo mismo, tragan con lo que les echen.
Al fin y al cabo: ¿En qué se diferencia esa actitud de la que por regla general adoptan en el transcurso de su existencia cotidiana?
Su querida televisión es un cementerio de voluntades, un electrodoméstico ideado para congelar su capacidad de reacción y bloquearles el entendimiento, pero para no variar, ellos ni se inmutan. Y bien no lo hacen porque esta, con su disfraz de guirnaldas y exuberante colorido, les ha conseguido embaucar, o sencillamente porque prefieren no hacerlo. Tal es el punto de parálisis al que se han visto abocados.
Afortunadamente hará unos días leí una noticia en un periódico en la que se afirmaba que Internet y sus redes sociales, le estaban ganando la partida a la hasta no hace mucho “genial e incomparable” televisión.
¿Será posible que el profundo aletargamiento de gran parte de nuestra sociedad pudiera estarse revirtiendo? ¿Nos hallaríamos ante el comienzo de una nueva era, en la que la gente optase por participar y contribuir con su propia voz?
¿O es solo que la crisis de creatividad de nuestras cadenas les pasa finalmente factura, y ya ni sus incondicionales son capaces de seguir ingiriendo semejante papilla?
No me importa cual de estas que he citado sea la causa real de su afección, pero si me siento feliz por lo que se intuye ha de ser la solución al problema. Una solución que únicamente pasa por la renovación de los contenidos, la moderación de los usos y volúmenes publicitarios, y la creación de espacios de calidad, más respetuosos con el nivel cultural de la población.
Todo esto sin perjuicio claro está de que haya pequeños momentos de esparcimiento, en los que la tele también pudiera volver la vista atrás y reírse de sí misma. Y que sus freaks y demás miembros de su séquito, personajillos todos de la farándula, con los que tan a gusto se siente, tuvieran al menos una ventana a la que asomarse.
Pero sin hacer de ello, como hasta ahora, su única propuesta de entretenimiento.
Porque es como decirle a una persona medianamente instruida, que su aburrimiento solo se alivia yendo a mirarse a un espejo, y reírse de la cara de idiota que pone el que le contempla desde el otro lado del cristal. La paciencia humana tiene un límite, e incluso las más rígidas y anquilosadas mentalidades parecen de pronto estarlo comprendiendo.
Y aunque no deja de ser una noticia que ha de ponerse en perspectiva, y por tanto una tendencia todavía pendiente de consolidarse, no puedo dejar de alegrarme, ni de sentirme ilusionado.
Los días de esplendor de la chabacanería parecen tocar a su fin.

viernes, 12 de diciembre de 2008

La Navidad se sirve fría


“Navidad, navidad, dulce navidad…” que reza el villancico, atropellando con descarnada frialdad los sentimientos de los diabéticos, para quienes estas fechas, sin duda, deberán estar marcadas en negro en el calendario.
¿Pero, realmente es dulce la Navidad?
Por lo pronto pocos temas concitan opiniones tan radicalmente enfrentadas como este. Y nadie lo diría, pero por extraño que parezca los mensajes de paz, amor y felicidad navideños son pura dinamita en nuestras incómodas y destartaladas conciencias católico-apostólicas.
Para unos, pues, todo esto no es más que una excusa para vender cosas inservibles al por mayor, es decir la orgía por excelencia del marketing y el consumismo, y apenas se diferenciaría de los viejos ritos paganos a los que, un poco de maquillaje por aquí, otro poco por allá, habría venido a sustituir.
Otros, en cambio, se aferran a la letra y el espíritu de su condición presuntamente sagrada, y se juramentan a santificar las fiestas, por mucho que estas de castas y beatas cada año tengan menos.
Pero que nadie piense que son un colectivo en retroceso. De hecho se nutren de otras muchas voluntades asimilables, que, nadie sabe por qué, y estando tan cabalmente desengañados del asunto como los referidos en primer lugar, les siguen en cambio a ellos, cerril y disciplinadamente, la corriente.
Y yo, que siempre juego a ser equilibrista entre los que dicen so y los que arre, nuevamente, preferiría no emitir opinión alguna.
Considero mucho más elegante mantenerme al margen. Además, después de mucho argumentar a favor y en contra, podría llegar a ese punto, en el que sin yo comerlo ni beberlo, me encontraría de pronto integrando ese grupo intermedio anteriormente mencionado: Esto es, los que se dejan llevar al son de las doce uvas entre campanada y campanada. Y eso tal vez me provocase, psicológicamente hablando, un nada recomendable conflicto interno.
Todo ello además, en puertas de un nuevo año que, de momento, todavía se anuncia más crudo que su precedente.

Postdata: Feliz Navidad, amigos.

jueves, 20 de noviembre de 2008

El paracaídas dorado


Bueno, la gente quiere hacerse rica y no lo disimula. Yo mismo, sin ir más lejos, no tendría inconveniente alguno en mudarme a vivir al depósito del Tío Gilito, y todas las mañanas, darme un refrescante chapuzón entre sus trillones de monedas.
El problema es que la condenada lotería no termina de ser la solución. La de veces que les habré dicho a los niños del colegio de San Ildefonso que cuando saquen la bolita canten mi número y, nada, los muy cabezas huecas siempre lo dicen confundido. Cosas de esta educación ramplona de hoy en día en la que no se repite curso ni adrede.
Y por otras vías… Pues como que no. De hecho hace falta o tener mucho talento o ser muy hijo de la gran p… Y yo ni de lo uno ni de lo otro ando muy sobrado.
No obstante la estrategia esta clara, y, en las últimas fechas, los ejemplos nos llueven del cielo.
Pongamos por caso los tan comentados enriquecimientos relámpago de los ejecutivos de las instituciones financieras que recientemente se declararon en quiebra.
Lo primero es acreditar eso de lo que hablábamos antes, un enorme talento (para los negocios, las ventas, o para lo que sea), y una vez conquistada la plaza, sacar de dentro a la verdadera víbora que uno es, que entonces se echa el plan a rodar.
El procedimiento a seguir sería tan sencillo como hacerle un nuevo contrato blindado a toda la junta directiva, no olvidando que el propio ha de ser el más jugoso, y posteriormente hundir la empresa. Así de fácil.
Y sin más, a cobrar las millonarias indemnizaciones… Tan ricamente.
Es lo que los franceses llaman Le parachute doré (El paracaídas de oro), y al que un tal Alain Souchon le ha dedicado una simpática coplilla verbenera, que por lo visto, entusiasma a nuestros vecinos del otro lado de los pirineos.
¿Para que preocuparse de las miles de familias que se quedarán sin sustento? Tumbado en una playa de las Bahamas, y con varios sirvientes al lado prestos a saciarte todos los antojos, eso es pecata minuta.
Además los males y rasgaduras de la conciencia cicatrizan mucho más pronto de lo que uno se imagina.
Y sin embargo decía San Mateo en los evangelios, muy altisonante: ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma? Pues parece que en lo que llevamos andado, desde el siglo I hasta aquí, no ha calado muy hondo el mensaje.
Pero como ya decía al principio, la integridad y el recto proceder son un lastre muy pesado. La garantía total de no comerse un rosco.
Aunque no todo en esta vida es el dinero, ciertamente, y muchas veces lo que se paga con el propio sudor, acaba a la postre resultándonos más grato y enriquecedor.
Y hablando del asunto, y como esta vez este blog pone tanto énfasis en el valor tan extraordinario de lo inmaterial, os remito a este video de You Tube que encontré de chiripa, en el que Almudena Cid, la gran gimnasta olímpica española, nos desnuda su alma. Es solo el alma, no os emocionéis.

martes, 18 de noviembre de 2008

Plutonianos


Este dibujo está algo pasado de fecha, lo admito. De hecho hoy el sector inmobiliario, en cuya voracidad estaba basado, ya no es ni la sombra de lo que fue. Tiene, pese a todo, esa cierta candidez de las miradas en retrospectiva.
Recuerdo, al igual, que en aquellos días plácidos, ya lejanos, era noticia de titulares un hecho tan superfluo como la disyuntiva en la UAI (Unión Astronómica Internacional) de si, al hasta entonces planeta Plutón, se le mantendría la susodicha categoría de planeta o se le rebajaría a la de mero asteroide.
Una tontería de lo más pueril cuando le afecta a un pedrusco que flota en mitad de la nada, pero que tranquilamente nos puede amargar un rato largo la existencia, si la china nos cae a cualquiera de nosotros, y, por poner un ejemplo extremo, pasamos, de la noche a la mañana, como el ex-presidente de los EE.UU. George Bush, de ser el hombre más poderoso del mundo, a no más cosa que otro desempleado más.
Lo cual lo liga aún más a la trágica suerte de nuestro destronado astro menor. Aunque, por otra parte, al tratarse del dios mitológico Plutón, del que este último tomó su nombre, amo y señor del inframundo, ya debería tener el cuerpo hecho a esta clase de afrentas.
Claro que, al inefable ex-presi Bush, creo yo, que le va un poco más a juego la analogía con Marte, dios de la guerra.

martes, 11 de noviembre de 2008

Piratería Internacional


Por lo visto, en estas últimas fechas vuelve a haber mar de fondo en torno al cuerno de Africa. Y es que cuando hay cuernos de por medio, por regla general, el lío suele estar garantizado.
Bromas aparte, los piratas somalíes parece ser que vuelven por peteneras, y han demostrado hallarse más activos y mejor preparados de lo que en principio se esperaba, para desgracia de los atuneros vascuences.
De hecho, estos no son, no señor, los pobres inmigrantes de los cayucos y pateras, famélicos y desarrapados, que huyen de la miseria endémica del continente negro, y que es la primera imagen que a uno se le viene a la memoria.
Y tampoco son cuatro alborotadores de barrio, armados con palos y con pinchos, que simplemente se conforman con hacer valer sus preceptos sobre el terreno frente a las industrias pesqueras del ensoberbecido y despilfarrador primer mundo, en un intento de impedir que les usurpen sus riquezas marinas.
Lo que hay montado es todo un operativo mafioso de secuestro y extorsión, que es llevado a cabo por profesionales. Comandos, que al margen de hallarse pertrechados con el material bélico más moderno e intimidatorio, rifles de asalto Kalashnikoff, lanzagranadas, etc…, cuentan con tecnología puntera en cuanto a radares y conexión a satélites, lo cual les permite localizar y disponer de sus presas con precisión telemétrica. Todo pagado a cuenta de los rescates que, con gran dolor de corazón, han de pagar los armadores de los buques capturados.
Pero esta no es la peor piratería a mi juicio. Y que las malandanzas de estos corsarios del Índico se nos acabe repercutiendo sobre el precio de la lata de atún en conserva, tampoco, para ser sinceros, me quita el sueño.
La piratería que a mí me preocupa, y que, en toda discusión con alguno de sus partidarios, me empuja a niveles de ofuscación muy por encima de lo contemplado por la escala de Ritcher, es la que respecta a la sufrida por la propiedad intelectual.
Para mí el que de unos años atrás a esta parte hayan florecido los programas de intercambio de ficheros vía Internet, como el e-Mule, o el Bitorrent, sería lo que en gran medida explicaría el progresivo declive, por no llamarle gangrena, de las industrias del entretenimiento tradicional. Estando aquí, la cinematográfica, a la cabeza de todas en cuanto a perjudicada.
Hoy en día, el querer ver una película en formato de pantalla grande, es ya una quimera de cuya semblanza dan solamente testimonio los libros de historia.
Obras como Siete novias para siete hermanos, Alí Babá y los cuarenta ladrones,101 dálmatas, y así sucesivamente, no tienen cabida, literalmente hablando, en los minúsculos reproductores con los que nos asaltan en las tiendas de electrónica. Solo caben el protagonista, la protagonista, y si se tercia, algún artilugio de placer sexual. ¡Y perdón por la ordinariez, pero es la realidad!
Hemos de salvar a nuestra cultura, y a nuestro arte, de los tentáculos perversos de la piratería. Una piratería de la que todos formamos parte de una manera más o menos inconsciente, más o menos indolente… Y que lejos de reportar un avance, constituye todo un retroceso.
Corrijámonos pues ya mismo, y a partir de ahora, y con solo un pequeño esfuerzo de voluntad al día, lograremos volver a disfrutar de nuestras obras de arte favoritas, en buena compañía y a lo grande. Y sin dejar los sueños nuestros, y los de nuestras generaciones venideras, en las manos del Capitán Garfio.

Dibujo dedicado con cariño a todos los trabajadores y trabajadoras de la industria pesquera y conservera, en las que Galicia y España, son potencias de orden mundial.

Nota: Ha entrado en servicio el blog Status: Playing, que desde ayer le hace la competencia desleal a Food and Drugs. Pero no hay por qué inquietarse… En realidad el primero no es más que una marca blanca del segundo. Un refrito de mala muerte.
Nada… Yo no perdería el tiempo.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Se acabó la magia


Hay veces que uno se siente un poco conejillo de indias. Indefenso y a merced de los experimentos de otros.
Son situaciones desagradables, evidentemente, y uno prefiere pasar página cuanto antes y no pensar más en el tema, pues no se arregla nada por más y más vueltas que se le den.
Otras veces sin embargo es uno mismo el que experimenta con las criaturas que considera inferiores, y no le da mayor importancia. Por que sufran un poquito nada malo les va a suceder, aduce. Al contrario, es sano. Les fortalece el carácter y les ayuda a mantener sus defensas activas. Y por ende no hace falta que se tomen ningún brebaje con fermentos lácticos ni bacilos benignos.
Uno de estos entornos donde se abusa de estos principios es el del mundo laboral. ¡Oh, inmisericorde mundo laboral!
En teoría, siempre en teoría, la brega cotidiana nos hace más fuertes, nos curte (en mil batallas, y en las respectivas madres de esas mil), y nos proporciona una pátina de invulnerabilidad que luego, ya en el exterior, nos convierte en algo semejante a bestias primitivas. Solo es posible abatirnos con balas de un calibre especial: Las capaces de traspasar la gruesa piel de un rinoceronte.
Pero dudo mucho yo de que esto en la práctica sea así. Y que sea más bien que, con cada día que pasa, uno se esté dejando la salud y las ganas de divertirse. Todo ello, envuelto como ya digo, en enaltecedoras proclamas de su bondad e idoneidad. En fin, el discurso oficial.
El caso es que como reza el título, toda esta rutinaria refriega, lo que va minando y mermando más rápidamente es la magia de vivir.
Sí, el curro es el mejor antídoto contra la capacidad de las personas de sorprenderse con las cosas, y la mirada de uno hacia lo que le rodea se vuelve más obtusa y más rácana. Todo tiene que aportarnos un resultado tangible e inmediato…
Y yo no se si estoy muy de acuerdo con eso.
Para mí, la consigna es no perder la ilusión y creer en el enorme poder revitalizante de lo fantasioso.
De manera que lo de se acabó la magia se lo dejaremos a los matrimonios y parejas en vías de ruptura, frase muy típica del gremio, y asimismo a todos los que como ellos se lo hayan buscado, empeñándose en vivir en ese mundo de lidiar todo el rato con la china en el zapato, o con la carnecilla entre el incisivo y el canino. Un mundo cabizbajo e insípido.

martes, 28 de octubre de 2008

La factura energética


Estreno logotipo de mi división de experimentos literarios Quasarts entertainment, y para celebrarlo, me hubiera gustado escribir un pequeño micro relato conmemorativo, pero la falta de tiempo material lo ha imposibilitado. Otra vez será.

En su lugar, habremos de contentarnos con esta entrada a medio camino entre lo tenebroso y lo psicodélico, que en los tiempos que corren, es lo poco de lo que me hallo en condiciones de ofrecer.



La factura energética

Hablamos de chantaje.
Estoy convencido de que hacer deporte me beneficia. Invierto recursos y gasto mucha energía en lo que es una de mis aficiones sacrosantas, el atletismo, pero al mismo tiempo, obtengo de ella unas plusvalías: Salud, bienestar, optimismo, etc.
Sin embargo, últimamente, y con el paso de los años, observo que el ciclo de Carnot de la transformación de la energía arroja en mí valores cada vez más decepcionantes. El rendimiento global, por principio siempre desfavorable, ha experimentado ahora una contracción muy acentuada, lo que me obliga a echar más y más carbón a la caldera para conseguir que el émbolo suba y baje al mismo ritmo, la biela se impulse el mismo número de veces por minuto, y que el tramo de la circunferencia que avanzo en cada ciclo siga siendo 2πr.
Pero el carbón también se acaba, y cada vez va habiendo menos, con lo que en cada palada he de reducir la cantidad para poder alargar la vida útil de la máquina.
Ante lo que trato de jugar con la inercia. Saber envejecer es, no hay duda, saber aprovecharse de las inercias acumuladas durante la juventud.
No obstante, por mucho que se sepa, y se entienda de números, hay una realidad que es clara, el contenido del vagón del carbón, inexorablemente, va disminuyendo con cada kilómetro recorrido, con cada estación que dejamos atrás. Y el mineral de la parte inferior, nada nos garantiza que vaya a ser igual de puro y lustroso, que el que se hallaba a la vista. Tendremos pues que confiar en la honradez de quienes al comienzo del viaje lo cargaron, y en que no haya mucha mezcla de esquistos y materias volátiles.
Porque insisto, más carbón ya no va a haber. Los reyes magos ya no nos traerán ni una sola onza más. Y no por ninguna razón en concreto, a la que se pueda objetar, sino simplemente porque estos dejaron de existir en cuanto dejamos de ser niños, y porque ya tampoco nos podemos portar tan mal como lo hacíamos antes… Ya me entendéis.
Resumiendo, apreciados lectores, vivir es someterse a un chantaje permanente. Estamos diseñados para buscar eficiencias absolutas, y aspirar a rendimientos perfectos del 100%, pero la madre naturaleza que es una bromista, o mejor dicho, una incondicional de las bromas pesadas, lo prohíbe por decreto.
Para ella que el ser humano, que en su seno ha engendrado, pueda, con toda su mediocridad a cuestas, anhelar la perfección, es un tema tabú del que no quiere ni oír hablar.
Le costó hacernos, el mismo trabajo que a una hormiga. De hecho, vistos al microscopio los planos de ambos, el ADN constituyente, apenas se distinguen. Y los materiales empleados (proteínas, aminoácidos y agua) son prácticamente idénticos.
Y sin embargo nos exige resultados, y nos demanda tributos de sangre proporcionalmente comparables a los de los dinosaurios.
Ya es triste. Encima de ser poco más que hormigas, estar condenados a la extinción…
En fin. No vale la pena amargarse con esto, de hecho, todavía hay muchas kilocalorías por quemar y las reservas no se agotarán de hoy para mañana. Además el trayecto no deja de brindarnos a cada curva majestuosas panorámicas.
Quisiera saber yo, eso sí, quien me mandaría aferrarme sentimentalmente a esta vetusta locomotora de vapor, a esta cafetera, que cada vez viaja más despacio, (está comprobado, lo dicen las cifras), pero que en cambio, y aunque parezca hecho adrede para crear confusión, a mí se me antoja cada vez ir más y más deprisa.
Lo dicho, chantaje emocional puro y duro.
Es el precio que hay que pagar para seguir subido al tren del desarrollo insostenible.

viernes, 24 de octubre de 2008

Caza Menor


Hay dos tipos de niños: Los que cuando van al mercadillo con sus papás, y pasan delante del puesto de los pollitos, no paran de llorar hasta que su padre les compra uno, y los que lloran delante del puesto de las escopetas de balines.
Aplicando la lógica, uno podría pensar que la historia acabará con el juguete de los segundos haciendo blanco en el juguete de los primeros. Pero no necesariamente siempre es así.
Por lo general esos pollitos que tanto llanto causaron, y que suscitaron vivas promesas de cuidados y limpieza, suelen morir de inanición y sepultados de mierda, antes de concluir la semana. Ni siquiera tienen el privilegio de recibir el tiro de gracia que acortaría su agonía.
Sin embargo, en ambos casos existe un denominador común, y este es el tremendo desprecio que en nuestra sociedad existe por la vida animal.
Admitamos que los otros seres vivos constituyen nuestra fuente de alimento, pero más allá de lo estrictamente imprescindible… ¿Qué necesidad hay de producirles sufrimientos gratuitos y de todo tipo, en el nombre de las tradiciones y/o los mal llamados deportes de aventura?
Posiblemente sea cierto que el ser humano se encuentre en la cúspide de la cadena trófica, y que evolutivamente hablando seamos el no va más, pero eso no nos da derecho a maltratar a nuestros otros compañeros de viaje.
Ellos también se han ganado el derecho a disfrutar de este hermoso planeta. Quizás tan solo por su multiplicidad de formas y tamaños, de comportamientos y rituales, y de hábitats que pueblan, llenándolos de colorido con su presencia.
Lamentablemente, cada vez parecemos ser menos los que opinamos así, y más los que se llenan de gozo abatiéndolos a perdigonadas.
Para mí la caza se puede envolver en estupendas excusas, y nunca faltará el argumento con el que justificarla, pero alguien que se enaltece de regar de plomo nuestros campos, nuestros humedales y nuestra madre naturaleza, es ante todo un enfermo. O dicho más rápidamente, alguien que se divierte matando.
Por otra parte, pretender curarse los complejos alardeando del número de presas que uno se ha echado al cinto, es un esfuerzo baldío. La grandeza o intrascendencia de las personas se mide enfrentándose a los grandes retos, aquellos que le exigen a uno mirar de cara a sus miedos y pavores, y no, desde luego, vaciándoles los sesos a balinazos a unas pobres pollitos de feria indefensos.

Ya que se menciona en el dibujo, dejo un enlace a la página del Seprona, pero hay cientos de asociaciones y ONG’s muy recomendables, Greenpeace la más famosa, o Adena WWF, para aquellos que se sientan parte indisociable de la naturaleza y orgullosos súbditos del reino animal.

viernes, 17 de octubre de 2008

Creación y Realidad


Nada más lejos de mi intención que meterme ahora por vericuetos que me llevasen a darme de bruces con las teorías de la evolución y sus detractores, y sin embargo, a la vista del título, que eso precisamente parece sugerir, es lo que cualquiera en su sano juicio se esperaría.
No. Esas cuestiones, en condiciones normales, y con el grado suficiente de lucidez mental, no me ocuparían ni un milímetro cúbico de la caja craneana. Digamos, por no enredarme más que lo justo en explicaciones, que en lo que a mí respecta las doy por completamente zanjadas.
Mis inquietudes, afortunadamente, están hechas de otra pasta mucho más mundana.
Además estoy un poco cansado de sacar temas tan sesudos, y que parezca que constantemente trato de sentar cátedra sobre esto y sobre aquello de más allá.
Me resisto a ser tan plasta.
Al escribir esto yo pretendo terciar con otros asuntos bastante más particulares, y que sin embargo, sospecho que muchos otros artistas, y aficionados al arte, han forzosamente de compartir.
Y, así, de entrada, podría comenzar diciendo que el proceso de creación conforma un panorama arduo e ingrato, que es un parto doloroso y lleno de incertidumbres, pero que al final encuentra su recompensa, y no estaría diciendo nada nuevo para la mayoría de los anteriormente aludidos.
Y en cambio, no siempre es así. No necesariamente siempre el acto de crear es una angustiosa persecución en pos de las quintaesencias.
Está también, a veces, eso que llaman inspiración, y que es como un elixir mágico, en virtud del cual, basta con sorber unas pocas moléculas de su composición, apenas sus efluvios, que se reencuentra de pronto uno consigo mismo, ebrio de grandilocuencia.
Si bien, esta es un arma de doble filo, una hipoteca sobre las necesidades vitales del artista, que hoy que la susodicha le ha venido a visitar, tal vez no deseara sus servicios, sino que prefiriera, en lugar de sentarse delante de su escritorio, salir a ver lo que se cuece en la calle de al lado, en la esquina opuesta del mapa, o por esos otros mundos de Dios.
Me pregunto por tanto, al hilo de esto, ¿Se podría provocar la inspiración? ¿Viene llovida del cielo, o es el resultado de una predisposición mental en la que el propio metabolismo juega un papel determinante?
Quiero decir, ¿podríamos recurrir a ella del mismo modo “causa-efecto”, en que una barra de helado del hiper, tamaño familiar, repercute sobre nuestro ánimo maltrecho de los lunes a la tarde…? ¿Y de existir, cual sería este mecanismo?
Yo, por ejemplo, he observado que me encuentro más ágil mentalmente, y que, a medida que lo voy haciendo, me gusta más lo que escribo, cuando el día anterior me he metido entre pecho y espalda alrededor de 10 o 15 kilómetros de carrera continua monte a través, al ritmo lo más frenético e infartado posible, y no cuando la pereza me ha convertido, a lo largo y ancho de las semanas, en su abnegado perrito faldero.
¿Será pues, que con la activación general de mis sistemas cardiovascular y locomotriz, se estaría desatando una reacción en cadena que, desde la primera hasta la última célula de mi cuerpo, madres e hijas, no importa su género, condición o estado civil, todas se verían inmersas, principalmente las neuronas, en un imparable torbellino de ideas?
Hablo de ideas en su génesis más orgánica. Ideas en sus estados embrionarios, fetales y prenatales, todas con sus propios matices y texturas cognitivas, azotadas por la galerna de los impulsos nerviosos y su chisporroteante traca pirotécnica, que las obligarían a abandonar, por la fuerza de los hechos, la placentera comodidad de su limbo amniótico. Y tras de sí, prorrumpiendo a continuación, todo el cúmulo de represiones, prejuicios, libres albedríos y experiencias afines, los cuales convergerían sobre una diminuta porción de consciencia, que a su vez, sería la encargada de coordinar los erráticos y azarosos movimientos de la bestia.
¿Será entonces que existe una íntima conexión, y un hermanamiento de facto, entre el mundo de lo material y el de las ideas, mayor de la que sospechamos, y de lo que a Platón y a Aristóteles les hubiera gustado creer, pues a la sazón se habrían quedado sin motivo para sus célebres disputas… O que sencillamente, tras semejante panzada de correr del día anterior, la atracción gravitatoria de la silla sobre mis posaderas se eleva a valores tan desorbitados, que cualquier disculpa es buena, con tal de no levantarme de ella?
A lo que llego a un callejón sin salida: ¿Cómo saberlo, hallándome, como me hallo, inmerso en la inviolabilidad de mi propia percepción subjetiva?

En fin, nada terrible nos sucederá por que, por una vez, nos quedemos a merced de la entropía del sistema, y de las ambigüedades que, inevitablemente, se derivan de un pensamiento en exceso relajado, y en su vertiente más genuinamente parasimpática.
La creación, a fin de cuentas, y para ser realistas, no es más que el acto voluntarioso, pero irracional donde los haya, de despacharse uno con sus propios demonios. Seres estos, por otra parte, fruto de nuestra invención.
¿Merece entonces la pena este mundo imaginario?
Demasiadas incógnitas para un único tema, a la vez tan volátil y tan claustrofóbico.
Pero, como dice la canción, las respuestas están en el viento.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Nos pilló el Otoño


Sí amigos, aquí está otra vez el otoño.
Mala época del año para hacer bromas.
La estación de por sí ya tiene mala fama, y no es para menos. Las hojas de los árboles se caen, dejándolos desprotegidos y sin dignidad, a merced de los fríos vientos, los días se acortan, y las noches sorprenden a niños y ancianos en los parques, que se ven impelidos a evacuarlos por la fuerza.
La luz natural pasa a convertirse en un bien devaluado y escaso, y en su declinar, pone al borde de la quiebra a nuestro ritual cotidiano de actividades al aire libre.
Salud y entretenimiento, dos grandes componentes de eso tan importante que llamamos el bienestar, o la felicidad, son así, de un plumazo, borradas de la agenda. O como mucho, reducidas a su mínima expresión.
Resumiendo, que todas esas diversiones y ansias de libertad de las que gozábamos, son de golpe y porrazo empujadas a ceder su protagonismo, por las buenas o por las malas, a la pertinaz y antipática rutina.
Y con ella todo pierde en brillantez, y todo se marchita.
El verde bosque que, no ha tanto, veíamos resplandecer orgulloso sobre las lomas de las montañas, y que bañado en luz hervía de vida, yugulado por la neblina, es ahora una sucesión de manchas ocres. Como si la naturaleza también pudiera oxidarse con el paso del tiempo.
O eso acaso dicen los poetas a la hora de componer sus metáforas: Que es el otoño la estación del año que más propiamente se corresponde con la vejez, y que la esperanza no le pertenece.
Así las cosas, y en estas circunstancias, en las que nada invita al optimismo, la opción más sensata parecería ser por tanto la de ausentarse por un tiempo.
Food and Drugs debería pues hacer como los osos e hibernar. Retirarse a una cueva y echarse a dormir, esperando a que de nuevo los ecos de la primavera acudiesen a su encuentro.
¡Pero no!
¡Qué diablos! ¡Pero si el otoño no es tan terrible, sino solo en apariencia!
Debajo de su rostro gris y apesadumbrado bulle un corazón incansable y el espíritu de un gran juerguista.
De hecho, es el mejor colega que uno se puede echar: Promete menos de lo que da y no alardea de sus virtudes.
Entonces ¿qué es lo que estamos esperando? ¡Qué se vayan a paseo los ortodoxos de la lírica! ¡Oídos sordos a los nostálgicos del cuclillo y sus monocordes serenatas campestres!
Hoy por hoy las flores más bellas se cultivan en invernaderos y están disponibles los 365 días del año.
No seamos rehenes de los mitos cosmogónicos que consideraban al sol el centro del universo, amo y señor de todo lo que, en su graciosa bondad, ahora y siempre reverendísimo, se le antojase iluminar.
El centro del universo se halla donde a uno mismo le de por mejor situarlo. Al fin y al cabo todos somos centros de universos ilimitados e inconmensurablemente fértiles.
Démosle entonces al sol unas vacaciones. Que se lleve sus cálidos rayos de oro por algún tiempo a otras latitudes.
No nos pasará nada por seguir nuestro curso entre penumbras. Al fin y al cabo siempre hemos hecho el camino a tientas y a ciegas. Y por otra parte, suele ser a media luz, y en los claroscuros del conocimiento, cuando tienen lugar los descubrimientos más fascinantes.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Esa gran incomprendida


Bueno seamos realistas y admitamos que las conferencias sobre asuntos de ciencias y artes no suelen tener el mismo tirón popular que un partido de fútbol de primera división.
No obstante, muchas veces creo yo que haríamos bien en prestar más atención a lo que esos señores de bata blanca, manos manchadas de tiza y aire aparentemente despistado nos tienen que decir. Posiblemente, nos ahorraríamos muchos sobresaltos.
El colmo, si bien, a mi entender, ha sido cuando a mediados de la pasada semana, y con motivo de la inauguración del nuevo acelerador de partículas en Suiza, aparecieron en los medios alarmas de todo tipo, presuntamente apoyadas en evidencias científicas, que vaticinaban el fin del mundo, y en general una serie de desenlaces cataclísmicos, como que por ejemplo el planeta, y trás de él el universo entero, serían engullidos en cuestión de un abrir y cerrar de ojos por un famélico agujero negro, no dejando rastro a su paso de ni tan siquiera una errática mota de caspa sideral.
Y yo pienso para mis adentros.... Si en efecto tal cosa fuera posible, y ese fuera mi convencimiento, ¿qué ganaría yo pregonándolo a los cuatro vientos, a última hora, y exponiéndome a quedar de tarado e inepto, y más aún de enemigo del progreso, en un ámbito como el científico donde eso se mira tanto?
Pues lo cierto es que hubo quien lo hizo, y mejor no voy a dar nombres porque soy de natural una persona bondadosa y poco amiga de los conflictos, y porque además ya supongo que a estas horas esa gente estará lo bastante arrepentida de haber hecho esas afirmaciones. Como si dijeramos, deseando que se los tragase la tierra (infructuosamente). Pero desde luego que un buen tirón de orejas se lo tendrían bien merecido.
En fin, aquí estamos (menos mal), y si no hemos viajado al centro del planeta, ni todavía a otra dimensión o plano inextricable del futuro espacio-temporal, preocupémonos al menos de no hacerlo tampoco al pasado, a los tiempos del Santo Oficio y, su sempiterno lacayo, el oscurantismo.

domingo, 31 de agosto de 2008

Fortunas Planetarias (y su cara oculta)


Según la revista Forbes, cada año que pasa los que están a la cabeza de su lista de multimillonarios son más ricos que los del año anterior, y así sucesivamente. No importa que haya crisis económica mundial, al contrario, cuanto peor nos vaya al común de los mortales, mejor y más jugosa parece ser la tajada que ellos se sacan.
Y es que en realidad ese es el secreto del buen funcionamiento del sistema capitalista. Para que actúe bien, la riqueza ha de estar lo más desigualmente distribuida que sea posible. Ha de ser algo así como la polaridad en los bornes de una batería, cuanto mayor sea la diferencia de potencial entre ambos, más electricidad querrá pasar de uno a otro, y toda esa energía se podrá transformar en trabajo.
Está claro que si se igualan ambos polos, deja de circular la corriente y se apaga el invento. De forma que hay que impedir, como sea, que eso ocurra.
Por eso que no conviene hacerse muchas ilusiones de que con el sudor de nuestra frente estemos contribuyendo a crear un mundo mejor: El sistema tiene estos ciclos en los que se autorregula, y seguirá habiendo siempre ricos muy ricos y pobres muy pobres.
Desde ese punto de vista, no puede ser, lógicamente, que un obrero de una fábrica se pueda comprar una berlina de lujo, por que entonces, ¿de que van a presumir los ricos de verdad, y cómo van a hacer para mostrar su superioridad sobre el resto de la plebe…?
La verdad es que esto de la economía es un gran misterio, y que al final al que le toca dar el callo es siempre a los mismos pringadillos, pobres émulos de los electrones atrapados en el circuito cerrado, con cuya resistencia se han de enfrentar una y otra vez, una y otra vez... En la descerebrada persecución de su particular Eldorado subatómico.
Y por supuesto nada de bajar la guardia. La guarnición debe estar permanentemente alerta. La clave, pues, es no dar nunca sensación de que el futuro esté, ni mucho menos, asegurado.
Y más ahora, que precisamente se empieza a hablar de que allá por el 2035, cuando a mi, y a otros tantos más, nos toque percibir el subsidio de nuestras jubilaciones, donde después de todos estos años cotizando religiosamente, el sistema publico de pensiones hará aguas.
Esto a los todopoderosos magnates, naturalmente les resbala, y mucho más aún a los aristócratas y miembros de casas reales con los que se codean.
Sus preocupaciones son de otra naturaleza, y puesto que el tema pecuniario lo tienen atado y bien atado, parece ser que es su aspecto físico, y sus ansias de aparentar juventud y lozanía eternamente, lo que más les desquicia.
Seres henchidos de vanidad y con un afán de protagonismo rayano en la drogodependencia, los cuales viven a lo grande, y por supuesto, a costa de los pobres imbéciles que con su trabajo cotidiano y sus nada modestos impuestos les pagan el look y los accesorios “king size” de la Barbie.
Porque pocos caprichos pueden compararse al de hacerse la cirugía estética a cargo de las cuentas públicas del estado, no importa el coste de entrada ni el de los retoques. Aparte de poder efectuarse como y cuando más apetezca. ¿Quién dijo listas de espera?
Eso es echarle narices al asunto y lo demás monsergas.
Pues bien, el caso concreto de alguna de estas entronizadas celebridades, en boca de todos últimamente, es desde luego como para sentir vergüenza ajena.
Siendo lo más triste que, en la búsqueda a la desesperada de unas facciones de princesita de cuento de hadas, estilo Rania de Jordania, nos acabemos teniendo que contentar con la típica versión empalagosa y descafeinada del retrato de la mona lisa, con ese aire enranciado tan propio de las falsificaciones.
¿Tan malo era tener los rasgos de De Juana Chaos…? No creo yo que una nariz y una barbilla prominentes, y el gesto permanentemente crispado, sean la causa última, la razón de fondo, de que este se metiera a sanguinario terrorista. O quizás sí. Después de todo, bajo el capuchón y la boina la imagen de algunos mejora cualitativamente.
En fin, el caso es que esta sangre azul ya no es la que era. A fuerza de tanto añadirle colorantes y conservantes artificiales se nos está quedando en tinto de verano Don Simón.
Y es que cada día entiendo menos esa obsesión tan grande que tienen por equipararse con la gente de a pie. ¿Terminarán acaso donando a la beneficencia sus palacios, el yate y subiéndose a un andamio para ganarse la vida, bajo las órdenes a grito pelado de un contratista corrupto, negrero y explotador? ¿No parece, verdad?

Esperemos, al menos, que sus vicios no se pongan de moda entre las clases populares, tan habituadas a copiar ciegamente todas las astracanadas de los ricos y pudientes, y el limarse los mentones y los apéndices nasales pase a ser el premio fin de curso, que financian los papis, de todas las colegialas que hasta ahora optaban, en lugar de eso, por los implantes de silicona.
Sí, amigos, el valor de la personalidad, de los atributos de la conciencia humana, nuevamente vuelven a ser despojados de su valor legítimo y pisoteados por estas gentes de alta alcurnia (o en su defecto caradura inmensa), tan amantes de lo postizo y las mascaradas.
Advenedizos/as cuya filosofía es la del braguetazo y el arrimarse a los poderosos e influyentes, sin avenirse a escrúpulos de ninguna clase.
Menos mal que en nuestros corazones siempre habrá hueco para lo auténtico, para las personas de carne y hueso, pero con espíritu sobrehumano. Me refiero aquí a seres como la mediofondista olímpica Marta Domínguez.
Su lucha hasta la extenuación por conseguir realizar sus sueños es ejemplar y digno de encomio, aún en la derrota. Ella debería ser el modelo a imitar de nuestras siguientes generaciones, y no esa otra manada de tigresas recauchutadas y maniquís parlanchines que pululan por los programas de la tele y revistas del corazón, y que solo sirven de reclamo para las ventas de productos cosméticos.


viernes, 22 de agosto de 2008

Futuro pluscuamperfecto



Querer saber lo que nos deparará el futuro es, y ha sido siempre, desde tiempos remotos, uno de los más controvertidos anhelos del ser humano.
Sí, en principio la lógica es aplastante. No en vano conociendo de antemano como se producirán los acontecimientos, uno se puede permitir el lujo de eludir aquellos engorrosos o indeseados, traumáticos o lesivos, y sus habituales funestas consecuencias. En pocas palabras, blindarse ante todos esos percances desagradables que tan a menudo nos asaltan a lo largo de nuestras vidas, por más serenas y pacíficas que sean. Lo que, dicho sea de paso, no es moco de pavo.
Por otro lado saber si uno se lo va a pasar bien o mal en una fiesta sería, por ejemplo, de una gran ayuda a la hora de decidir si va a asistir o no, y la tan manida frase de ‘No sabes lo que te perdiste’ pasaría definitivamente a engrosar la lista de términos y expresiones obsoletas.
Aunque donde no tendría precio sería en ámbitos como el universitario o, todavía más, en las convocatorias de oposiciones.
El buen estudiante podría aprovechar para prepararse mejor los temas de sus asignaturas, y ya sin el lastre de los nervios de última hora, repasar aquellas lecciones de las que sabe (con total seguridad) que va a versar el examen, redondeando una actuación sobresaliente… Mientras que el mal estudiante… El malo, por su parte, también experimentaría, que duda cabe, los beneficios de disponer de esta facultad: Saldría a la calle con sus amigos y se olvidaría de todo, sin mortificarse con reproches o lamentaciones, puesto que a fin de cuentas ‘Ya sabía que iba a suspender’.
Pero aún con todas sus ventajas, yo no termino de estar seguro del todo de que adelantarse a los hechos vaya a ser siempre una bicoca.
Supongamos que uno va a tener una operación de amígdalas, pero al interrogarse acerca de ella, esa vocecita del otro lado de la realidad le suelta, ni corta ni perezosa, que esa tarde no saldrá de la mesa del quirófano, y que en el transcurso de dos horas se hallará envuelto en una bolsa de plástico y guardado a buen recaudo dentro de una cámara frigorífica. Terrible panorama ¿No es cierto?
Por un lado la garganta doliendo sin parar y por el otro la imperiosa obligatoriedad de mantenerse a más de doscientos metros de distancia de la clínica más cercana…
Ciertamente si uno lo analiza detenidamente las ventajas de la clarividencia se compensan de largo con sus perjuicios. No hace falta decir que, levantarse todas las mañanas sabiendo que es lo que va a suceder sería tan letalmente aburrido como, sin ir más lejos, sentarse la mañana de un domingo a ver la televisión, justamente cuando dan las reposiciones de todas las series de los años ochenta. Y ni siquiera valdría para recordar viejos tiempos, puesto que todo estaría sucediendo en tiempo real. Resumiendo, un tostón de miedo.
A lo que si, sin embargo, ya no le diría yo que no, sería a poder, al menos durante un par de horas, disfrutar de esta habilidad. Sería, no hay duda, el préstamo mejor invertido de cuantos hayan caído en mis manos. El plan sería muy sencillo. Coger un taxi y tirar derecho, sin desviaciones, hacia el casino más cercano y mejor surtido. Ya una vez allí, me limitaría a repetir como un loro los numeritos que la vocecita me fuera soplando, y a llenar la saca.
Ya veis qué fácil, qué rápido y qué aséptico. En cinco horas estaría en una playa del caribe, tumbado en una hamaca entre dos palmeras y con una copa de caipirinha entre las manos.
De ahí que, muchas veces cuando me pregunto como todos esos videntes, astrólogos, pitonisas, adivinadores, ocultistas, magos, brujas, etc…no hacen esto mismo que yo he expuesto, y prefieren seguir complicándose la existencia, solo llegue siempre a la misma conclusión: Todo lo hacen por amor al arte, y la explicación es que su afición está por encima del dinero y de sus mundanales bajezas.
Algo así como la mía para con los dibujos.
De todas maneras, y por si acaso, yo no me arriesgaría mucho poniendo a prueba las aficiones de la gente.

jueves, 14 de agosto de 2008

Verano Verde


¿Qué se puede decir del Verano que no se haya dicho ya? Tanto sus detractores, como los anunciantes de grandes almacenes, ya han recurrido a todos los tópicos al uso, ya sea para denigrarlo, o para ensalzarlo. Con lo que me dejan un estrecho margen para ser original.
Bien. No importa. Renunciemos a la originalidad. Repitámonos como el gazpacho de los chiringuitos y pongamos nuestra autenticidad a la altura de la de los polos Lacoste que se venden en los mercadillos ambulantes.
A fin de cuentas estamos de vacaciones y el estrés es solo un mal recuerdo en vías de cicatrización.
¿O no?
Digo esto porque hay casos, muchos más de lo que parece, en los que uno casi desearía volvérselas a ver con el rutinario tira y afloja de la oficina, antes que seguir aguantando al pariente de turno y su combativa prole, o al amigo de la familia con cuya numantina tirria aún no has aprendido a vivir.
Añorar las antipatías del mundo laboral es grave, ciertamente, pero se puede entender, cuando al desafortunado en cuestión le ha tocado lidiar con el sempiterno musculitos de la moto de agua, que no para de hacer pasadas a pocos metros de la orilla y a escasísimos centímetros de las cabezas de los bañistas, o con ese niñato empollón que hasta septiembre no encuentra nada en lo que matar el tiempo, y se dedica entonces a ir de toalla en toalla mortificando a sus allegados y convecinos.
Pero estos no son los únicos agitadores de las insoladas conciencias playeras.
Están las cuestiones relativas al hecho de hallarse tanta gente tan junta, bajo los rayos justicieros de un astro rey al que nada se le puede ocultar, y tan en cueros. Todos tan expuestos a los agentes infecciosos.
Jovencitas que se despojan de sus pudores de cintura para arriba, provocando hipertensiones arteriales de lo más variopintas, bandos a favor y en contra diametralmente enfrentados, diástoles y sístoles infartadas, que de no ser, sin duda alguna, por la intervención del altísimo, conducirían irremediablemente a más de una angina de pecho.
Pero enfermedades veraniegas hay muchas, y no todas son del “aparato nervioso”, desde luego. Raro es el que no guarda en su memoria el recuerdo de alguna gastroenteritis de consecuencias pavorosas, o aquella faringitis aguda, de la que solo las inyecciones de penicilina in extremis nos pudieron librar, so pena de haber podido tomar otro rumbo mucho más luctuoso. Entonces fue cuando comprendimos por qué al tal Dr. Fleming se le dedicaban tantos nombres de calles. Todavía pocas, me atrevería a decir.
Pero de citar alguna de estas ocasiones, y por lo que a mi experiencia personal se refiere, escogería sin pensarlo mucho, como la más dramática y sobrecogedora, la indigestión de ostras (en mal estado, naturalmente) de la que fui victima el año pasado.
Dice la sabiduría popular que, una sola vez que ocurra, y como con las vacunas pero en su versión castigo divino, queda ya uno inhabilitado de por vida para volver a catarlas. Todo esto, independientemente del mucho o poco fervor que se sienta por ellas. Es volver a echárselas al coleto, y poner todo el conducto gástrico, con todas sus circunvalaciones de entrada e incorporaciones al carril principal, patas arriba.
Pero yo no me resignaré, y forzaré la nota. Aún a riesgo de transformar mis fosas nasales en las cataratas del Iguazú.
No me pasará como a Antonino en la película de Espartaco (la protagonizada por Kirikikí Douglas) cuando a la pregunta de Craso, el satrapilla romano que lo quería esclavizar y convertir en, si se me permite el tecnicismo, una señorita de compañía, se quedaba el pobre muchacho con la cara a cuadros. Pregunta que rezaba algo así como si prefería los caracoles o las ostras, o si como él mismo hacía, tanto le daba entregarse con fruición a ambos manjares, a lo que este le dio largas, para más tarde escabullirse de tan goloso amo y de sus palaciegas perversiones con el rabo entre las piernas. Yo lo tengo claro, siempre ostras. Por más que ello aboque a la rebelión de las tripas.
Escena tonta por otra parte, que en su día la censura zanjó con el consabido tijeretazo, ahorrándose el tener que dar explicaciones de si la amputación de ese metraje se debía a la excesiva duración del filme, a su inferior calidad argumental, o a lo intempestivo de semejantes juegos de palabras, en una historia contada a golpe de emociones en carne viva, y que exalta las glorias y desdichas de conducirse por la vida a los lomos de la fuerza bruta.
Todo esto sale, claro está, a propósito del mucho cine, ya sea en sala o dvd, que se engulle durante las vacaciones, cuando estas vienen mal dadas, y las nubes borrascosas se han hecho con el control del mando a distancia.
También hay un blog que atender, cierto es, para aquellos enganchados al tañer de la lira y demás vocaciones tardías, enhebrando cantos a las musas. Pero que diablos, ya nos lo recuerda el título de aquella otra película española tan acertado “Las bicicletas son para el verano”… Y las agujetas morrocotudas, y las picaduras de mosquito, y la tortilla resesa, y la sobredosis de vitamina D cien por cien ecológica, y otro tanto por cien cancerígena, y las cenas, románticas o no, a la luz de la luna, con sus, como he dicho antes, tan habituales secuelas en la forma de pesadillas de terror gótico…
Por no hablar de ese inolvidable erizo de mar que de pronto se hizo sentir, agazapado como estaba, bajo un tupido y voluptuoso manto de verdosas algas.
Pero no nos pongamos en plan aguafiestas: ¡Que reinen la alegría y el cachondeito!
Que no falten los helados a tutiplén, la sangría, el vino peleón con gaseosa, las gambas a la plancha, patatas bravas o al alioli, mejillones al vapor, almejas a la marinera, etc, etc…
Buenas fiestas y buenas siestas. Ruidosos botellones de fin de semana y tracas de fuegos artificiales a las tantas de la madrugada.
Suerte tenemos los que pasamos esta época del año al norte, y no al sur, que las tragaderas del Atlántico son mayores que las del Mediterráneo, y disipan todo el calor diurno permitiéndonos conciliar mejor el sueño por las noches.
Pero por lo demás, todo es igual. Las preocupaciones se van arrastradas por la brisa marina y espantadas por el rugido que bulle con el batir de las olas. Solo es comer y dormir, y al día siguiente, de nuevo comer y dormir.
Di que sí. ¡Qué gusto olvidarse de todo y poder tumbarse a la bartola!
Y entretanto hablan los políticos de lo polucionada que está la capital china, Pekín, durantes estos juegos, con tantas fábricas y tanto tráfico circulando por sus congestionadas calles, y que hay que agenciarse como sea sumideros de CO2 para que el planeta respire… Verde, que te quiero verde… Pues ahí va mi propuesta contra los malos humos: ¡Hacer que las vacaciones sean eternas!


martes, 29 de julio de 2008

Violencia doméstica


Este me parece un tema lo bastante serio como para andar haciendo bromas con él y sacándole punta, por lo que desde luego coincido plenamente con la opinión de aquellos que piensen que este no es el momento, ni el lugar de tratarlo.

Pero antes de que se saquen las cosas de contexto, aclararé que no es a la violencia doméstica con mayúsculas a la que me refiero, no a la que provoca más de un centenar de muertes al año, y que se suele dar entre conyuges y ex-conyuges, generalmente el hombre contra la mujer, o bien padres contra hijos e hijas, con todo tipo de formas de acoso y espantosas vejaciones.

La violencia que a mi me ocupa es la "con minúsculas", la que día a día sacude la unidad familiar, o según se mire, la fortalece.

En todos los hogares hay roces más tarde o más temprano. Eso es un hecho. A partir del momento mismo en que una pareja abandona el juzgado o la iglesia, en este último caso después de haberse jurado amor y fidelidad hasta que la muerte los separe, y etcétera, etcétera, las tiranteces y los conflictos de baja intensidad comienzan a aflorar. Es cuando se definen las parcelas de poder, la extensión y sus atribuciones, y es por tanto una necesidad de primer orden, que al igual que hicieron Stalin, Churchill y Roosevelt al finalizar la II guerra mundial, el reparto sea lo más justo y equitativo, con el fin de obtener una estabilidad confiable y duradera.

He aquí, pues la necesidad de negociar. Y para negociar son necesarias discusiones muchas veces más acaloradas y tensas de lo esperado.

El que crea que esos tres señores que he mencionado antes, ellos o sus ayudantes y demás adláteres, no tuvieron algún momento, o momentos de ofuscación, un que si Albania no la quiero, que si para mi iba a ser el imperio Austro-húngaro, que si o te conformas con Albania o vete haciendo el cuerpo para cargar con Yugoslavia... El que sinceramente crea eso, que no se produjeron rifi-rafes, en absoluto diplomáticamente correctos, es simplemente porque se ha empeñado en ver la historia como un cuento de hadas, que solo se empezó a fastidiar un poco cuando Bin Laden echó abajo las torres gemelas.

¿Con esto que quiero decir? Pues ni más ni menos que la salud de las relaciones de pareja se mide por el número de microconflictos en que se ven involucrados sus protagonistas.

Lejos de ser malo, en mi modesta opinión, previene la formación y el desarrollo de rencores y desafectos que con el paso de los años, y tras permanecer largo tiempo larvados en los subconscientes, podrían desbordarse, sucediendo como en un dique que se hubiera vencido por el empuje de un volumen de agua para el que no estaría preparado.

La riada subsecuente lo inundaría todo, y arramblaría con aquello cuanto se encontrase a su paso.

No se trata, sin embargo, de señalarse unos a otros las faltas y defectos, a todas horas, y sin callarse uno solo, ni de desvelar esa verdad tan manifiesta acerca de la propia suegra o las cuñadas, pero sí de mantener siempre una postura de sinceridad y, casi tan o más importante, la voluntad de compartir las experiencias.

De lo contrario, el fracaso está garantizado.

Y lo mismo se puede aplicar a la relación con los vástagos. Ni demasiada mano dura, ni demasiada manga ancha. Saber encontrar el equilibrio adecuado es empresa para auténticos sabios de monasterio sintoísta.

Y por supuesto, que nadie se haga ilusiones pensando que una buena estrategia le librará de lidiar en muchas ocasiones con terribles pataletas que le avergonzaran ante todo el vecindario.

El objetivo es salvar a la prole de un futuro de vagos y maleantes, y lo que les divierta a otros, escuchando los follones con fruición a través de los tabiques, ha de ser considerado simplemente un daño colateral. Uno de tantos que nos aguardan.

No queda pues más remedio que hacer de tripas corazón y estar en todo momento preparado y bien dispuesto para blandirse en un duelo de espadachines con algún familiar. Esa persona a la que en la calle y frente a extraños defenderías hasta la última gota de tu sangre, llega también a veces a cargar en demasía, y en algún momento será la hora de llamarle caradura y acusarlo de estarte chupando esa misma sangre... Pero sin que esta llegue al río.

Ya lo decía el refrán, los amores reñidos son los más queridos.

Eso sí, siempre de forma natural, sin provocar las situaciones. Las intenciones pueden ser buenas pero hay familias en las que una simple partida de parchís, por causa de una enajenación mental transitoria, puede conducir a una tragedia shakespeariana.

Hay que evaluar siempre, evidentemente, el material del que están hechos los propios genes, si son apropiados para actuar bajo presión. No todos valemos para negociar la paz de Yalta.


viernes, 25 de julio de 2008

Una de antihéroes


Ahora que está de moda, he pensado que no vendría mal reflexionar un poco en lo que a nuestra propia condición moral se refiere, y el modo en que esta afecta a nuestra relación con los demás.

¿Podemos ser ajenos a la percepción que los que nos rodean tienen de nosotros?

¿Podemos ignorar los inquietudes de otros y concentrarnos únicamente en satisfacer nuestros propios intereses?

Y para ello, qué mejor que un relato de altos vuelos, las vicisitudes de un pobre diablo amarrado a su trágico destino: El del antihéroe por antonomasia.


Quasarts entertainment


avec la participation de la societé Food and Drugs


presents


EL HOMBRE-MOSCA

Todos los derechos reservados


Era una hora prudente ya para levantarse, las nueve de la mañana, además por una vez en mi vida había logrado dormir bien, y no era moco de pavo, con la antipatía que les tenía a las habitaciones de hotel.
Me incliné y comprobé el buen funcionamiento de todo (el teleobjetivo de la cámara, las baterías bien cargadas…). Yo era un profesional e incluso esos pequeños detalles que afectaban a mi equipo eran previos a mi aseo personal. Solamente al comprobar que todos los sistemas respondían podía ya por fin acudir al baño y orinar tranquilo.
Una vez me hube duchado y afeitado, bajé a la cafetería del hotel y busqué una mesa cercana a los ventanales para tomar allí el desayuno. Aquella región de la costa sueca ofrecía unas vistas estupendas.
Pedí un periódico en inglés y me trajeron el de la semana pasada, el único que tenían. Las noticias de hacía diez días, contadas como recientes, me resultaron bastante chocantes, y aún a pesar de todo, les encontré su aquel. De manera que en eso me entretuve, leyéndolas animadamente, mientras esperaba por Diana.
¿Que quién era Diana? Buena pregunta.
Diana era la encargada de producción, la jefa, por así decirlo… Y yo… Mejor dicho, mi cometido, era fundamentalmente el de obedecerla en todo cuanto me requiriese.
Pero Diana no era una jefa cualquiera. Era una mujer muy joven, y muy atractiva, y eso, en este medio, no era algo a lo que a decir verdad uno estuviera realmente acostumbrado.
De hecho ya tan solo escucharla dirigirse a mí era una delicia.
Claro que no era yo el único al que le producía esa sensación. Allá por donde pasaba, sus efectos en el género masculino eran devastadores. Sin ir más lejos, en aquella misma ocasión me percataría de forma anticipada de su entrada a la estancia por una bandeja con cacharros que se le iría al suelo al botones. El estruendo la delataba siempre. Tenía que ser ciertamente una mujer aburrida de ver la torpeza apelotonarse en torno suya.
Incluso yo mismo me notaba inseguro y dubitativo en su presencia. Sus sensuales ojos de zafiro, cada vez que los posaba en mi persona, hacían que la sangre se me trocase en mermelada, fría y viscosa, y muy complicada de bombear.
¿Qué podía hacer? Todos a sus ojos nos transformábamos en unos patanes
No es de extrañar por tanto esa fascinación que ella sentía por el hombre-mosca. Un personaje tan ajeno a todo, en grado sumo díscolo y ensimismado hasta el punto de rozar lo enfermizo.
Una pasión en la que, como es natural, no todos nos veríamos reflejados.
Para mí era un trabajo más, seguir y filmar a aquel fantoche en sus chaladuras. Otro documental de tantos sobre hechos y personajes singulares, por no decir locos de remate, que luego se vendería en los hipermercados a cambio de un puñado de calderilla. Pero en Diana era distinto. Esta vez, la joven y guapísima niña rica, hija de un multimillonario de la comunicación como el todopoderoso señor Kerkovian, parecía estar implicándose emocionalmente más de la cuenta, casi diría yo que habiendo rebasado la delgada línea que separa lo convencional, lo comúnmente aceptado, de lo salvajemente impredecible. Preferí, si bien, desentenderme por completo del asunto. Ya desde el primer día supe que Diana no tenía el menor interés por mí, y lo que viniese después no me importaba. No iba a amargarme la existencia obsesionándome con lo que hacía de su vida aquella mimada princesita.
En cualquier caso, sería muy falso si no admitiera, que el hecho de que esta se estuviera encandilando del hombre-mosca, ese capullo, me daba una rabia tremenda.
- ¿Tan pronto en pie? – me preguntó y se sentó de un brinco a mi lado.
Fresca y lozana, al instante justo después de haber tomado una ducha, era cuando su belleza más resplandecía, y, lógicamente mis pulsaciones se aceleraban.
Mis esfuerzos por sobreponerme tenían que ser muy obvios, y ella me lo debía notar con nada de atención que pusiese. Cualquiera me lo podía notar con solo que se fijase un poco. Pero en el día de hoy, este domingo silencioso y como abúlico, en el que la luz mortecina del báltico lo envolvía todo, con un sol que no terminaba de espabilarse, y que parecía caminar de puntillas sobre los objetos, lo de menos eran mis arritmias cardiacas. Lo único que de verdad importaba a Diana era el hombre-mosca.
- Estoy descansado – respondí a su pregunta - Cosa curiosa en mí. Así que aproveché para revisar todo el material… Y que luego no tengamos sorpresas.
- ¿Has revisado la unidad móvil?
- Bueno. Eché un vistazo por la ventana y sigue aparcada donde la dejamos ayer… Parecía estar bien. Todo normal. Lo único, que por la noche haya venido alguien con un tubito de esos de goma y nos haya vaciado el depósito…
- Chssst. Calla Mike, no hagas bromas con eso. Hoy es el gran día y nada puede fallar.
- No, no fallará nada. He seguido el listado con todas las comprobaciones una por una. Mira, siempre lo llevo encima – saqué la fotocopia y se la mostré.
- Está bien, Mike. No te pongas nervioso, no es mi intención atosigarte… Es solo… Es solo que hoy no es como en el resto de las ocasiones anteriores.
Ella si que estaba intranquila, pensé, por más que lo tratara de disimular.
- ¿Se ha levantado ya Jean-Pierre? ¿Has hablado con él? – preguntó, sin apenas haber dejado transcurrir un instante.
- No, tú misma dijiste que le dejase dormir hasta tarde, que no le molestase.
- Es cierto. Es cierto.
- Me parece que la que ahora está nerviosa eres tú.
- Sí. Vaya. Pues a lo mejor sí. Pero ha debido ser en este mismo momento, que he pasado en cuestión de segundos de estar excitada a sobreexcitada.
- Bueno… No te tomes el café hoy tan cargado como otras veces y asunto resuelto.
- Oh, Mike… Te parecerá una tontería, un remilgo propio de una principiante, pero hoy por primera vez desde que empezamos a grabar el documental, me he dado cuenta de lo serio que es esto.
- Bueno, sí, hoy es diferente, estarán todos los patrocinadores al pie del cañón, las autoridades locales… Habrá muchos ojos pendientes de lo que suceda allá arriba. El alcalde ese tan pegajoso, por ejemplo, que ha hecho del tema una apuesta personal… No me gustaría ver la cara que se le quedaría si hubiese algún imprevisto y se debiera suspender la función. Hay un montón de gente que ha puesto dinero, sumas importantes de dinero, para financiar el espectáculo. Y son muchas las cosas que pueden no salir según lo esperado… Y aún así yo me conformo con que no haga demasiado viento para que el helicóptero puede volar sin problemas y, a las tomas aéreas, que al final son las que cuentan, se les pueda sacar todo el jugo. Pero como ves, tampoco es algo que me quite el sueño. Mi principal temor, después de todo, es que el trasto este se enrede con los cables del puente, por seguir demasiado de cerca al saltimbanqui este, y vayamos a parar al fondo del mar… A las heladas aguas del estrecho de Oresund. De hecho son ya unas cuantas semanas de paseos en helicóptero y… Cuando el cántaro va mucho a la fuente…
De pronto sonó el móvil de Diana.
- Oh. Tengo una llamada. A ver…
El que la llamaba era John Staunton, ejecutivo de la firma de pegamentos y adhesivos “Vulchem”. Quería saber, como es lógico, si la estrella principal del espectáculo ya estaba listo.
- No, aún no se ha levantado – le informó Diana - Hemos preferido dejarle un poco más de margen que otros días… Sí, ya se que a las doce hemos quedado allí con todo el mundo, y que solo pueden tener el tráfico cortado una hora… Sí, me doy cuenta de que es el puente que une Suecia con Copenhague, que no es como quien dice, dos tablas montadas sobre un arroyo… - Diana apartó un momento el teléfono de su cara y, visiblemente turbada, me hizo un encargo - Mike – me dijo con voz marcial – Vete y tráete ya para acá al hombre-mosca.
Obedecí sin rechistar, y allá me fui a por el gran funambulista de marras.
De camino hacia su habitación, y mientras involuntariamente comenzaba a mordisquearme las uñas, repasé mentalmente la historia de aquel individuo. De cómo un niño sin mayores aptitudes ni aspiraciones vitales, que durante su adolescencia no destacaría en nada, en absolutamente nada, y que apenas saldría de las salas de juegos, habría pasado sin pena ni gloria por la universidad para abandonarla a las primeras de cambio.
Al parecer lo habría dejado todo por amor, y él y su pareja se habrían dedicado a hacer pequeños espectáculos callejeros, juegos malabares y pantomimas improvisadas sobre la marcha, siempre a cambio de la voluntad.
No recuerdo si en algún corte de la entrevista nos dijo que hubiera formado parte de un circo, pero, en cualquier caso, debió ser por muy poco tiempo.
Todo muy romántico. Pero un buen día, Monique, que así era como se llamaba su adorada partenaire, lo plantó y se marchó sin dejar señas, que fue entonces cuando se transformó en el hombre-mosca y cuando comenzó su fijación por las alturas. Su irresistible adicción a encaramarse a toda estructura o construcción humana que se elevase hacia el cielo.
Empezó pues así, con pequeñas grúas de obra, no excesivamente altas. Las típicas de un edificio de seis a ocho plantas, pero siempre sin red, ni arneses, ni nada. A cuerpo serrano. El desprecio que el hombre-mosca sentía por su propia vida helaba la sangre del más arrojado de los valientes.
Y así habría continuado su locura, aumentando poco a poco las dimensiones del reto. Así hasta llegar a donde nos encontrábamos hoy: El puente de Oresund.
Sus torres de sujeción a más de 204 metros de altitud sobre el nivel del mar, serían la sublimación del más difícil todavía.
Y aquel imbécil pretendía llegar a la cumbre, a lo más alto, reptando por uno de los tirantes, valiéndose de equilibrios imposibles, donde una racha de viento, el más mínimo error de colocación de un pie o una mano, daría al traste con todo, y pondría el punto y final a su descabellada odisea.
Pero pensar en el hombre-mosca me deprimía. Que la gente volcase su atención en un suicida disfrazado de deportista me parecía algo lamentable. Así que traté de no darle más vueltas al tema, y cumplir escrupulosamente con las tarea que tenía asignada.
Di un par de sonoros toques con los nudillos en su puerta y susurré su nombre, “Jean-Pierre” ”Jean-Pierre”, procurando no molestar a los otros clientes del hotel.
Sin embargo aquel pasillo estaba desierto y mi voz parecía disiparse en la nada. No había respuesta en toda la longitud que cubría aquella moqueta.
Insistí. Ahora en voz algo más alta, pero de nuevo sin éxito.
Probé entonces a llamarle a su teléfono móvil, esta vez ya empezando a notar un ligero cosquilleo, y como una flojera repentina, en la parte más recóndita de mis tripas. Nadie se asomó al otro lado de la línea.
Jean-Pierre no daba señales de vida y yo comenzaba a impacientarme. ¿Se habría largado con viento fresco? ¿Habría cogido, y emulando a su ex-amante, se habría esfumado sin decir ni adiós ni al diablo, dejándonos en la estacada?
Di golpes más fuertes, y dejando de un lado los miramientos, pasé a gritar su nombre furiosamente.
Una mujer de la limpieza acudiría al lugar atraída por el jaleo.
- Shhht – me chistó y con el dedo, lenguaje internacional de signos, me instó a bajar la voz.

Pero yo no podía irme de allí sin sacar a Jean-Pierre de la cama. Como es lógico, la señora no comprendería las justificaciones en inglés de un neoyorquino de Long Island, y, en vista de que no deponía mi actitud, allá que se iría, toda alterada, en busca del encargado.
- ¿Qué ocurre aquí? – preguntó este al llegar, muy extrañado.
El rigor y los modales nórdicos se daban de bruces con aquella situación, tan desesperada, a la que yo me veía obligado.
- Usted perdone – traté de hacerme comprender – pero mi compañero no ha salido de su habitación, ni responde a mis llamadas, y me estoy temiendo que le haya sucedido algo.
- ¿La 505? ¿No es esta la habitación del hombre-mosca?
- Sí. Así es.
- ¿Y no se ha despertado?
- No. Y es raro porque es un tipo que lleva una vida espartana...
- Sí, eso dijo también la mujer que lo visitó anoche.
- ¿Una mujer?
- Sí, muy guapa, y de origen francés, que venía con un bebé en brazos, y a la que solo unos minutos después vieron salir atropelladamente... Sosteniendo contra su pecho a la criatura y con un pañuelo en la otra mano.
- Dios santo. ¡Qué mal me huele esto! Rápido. Hemos de darnos prisa.
- No se preocupe aquí tengo una copia de la tarjeta.
El encargado abrió lentamente la puerta y se fue adentrando sigilosamente, con mucho cuidado de no sobresaltar al hombre-mosca, y pronunciando su nombre en voz muy baja y muy respetuosa.
Yo le seguí y llamé también a Jean-Pierre varias veces, pero de la oscuridad no obtuvimos más que el silencio.
Solo cuando apartamos las cortinas y entró la luz del día pudimos identificar, guiados por unos gruñidos secos que emitiría, al hombre- mosca, hecho un guiñapo, tirado en el suelo y retranqueado contra una esquina.
Las sábanas que lo envolvían apenas dejaban ver su rostro, pero no impedían apreciar a su alrededor la montañita de botellines vacíos, de los licores mas diversos, que habría ido acumulando a lo largo de la noche.
El muy borrachín había saqueado el minibar y se había puesto como una cuba.
- ¡Oh, dios mío! – me lleve las manos a la cabeza – Cuando Diana vea esto le dará un ataque.
El encargado del hotel trató de incorporarlo y de reanimarle con palmaditas en la cara, y todos los rituales al uso, pero su estado solo invitaba a dejarle dormir la mona.
No tardó mucho en aparecer en escena Diana, impelida por nuestra tardanza.
Su reacción al verlo fue la que yo me imaginaba. Como chica joven que era no podría dominarse y la histeria haría presa de ella.
Se echó encima del hombre-mosca y lo zarandeó, le llamó una y otra vez con voz rota, pero en vano.
- No hay nada que hacer – le dije – El capullo este se ha cargado el documental.
- No, no puede ser. Hay que hacer algo… Lo que sea.
En su desesperación Diana llegó a desabrocharse la blusa y a cogerle la mano, metiéndosela por entre sus insinuantes, y elegantísimas, prendas de lencería. Fue una escena de un dramatismo brutal. Una cosa así habría revivido a un muerto, pensé en mi confusión, entre descorazonado y jocoso, pero no a aquel payaso del hombre-mosca.
Se veía en ese momento lo muy enamorada que ella estaba de él, y el sufrimiento tan grande que experimentaba ahora que la estaba dejando tirada, en el momento más crítico, en el momento crucial, de aquella gran aventura, ahora frustrada.
Pero la historia, que como siempre quiso ser así de sarcástica, llevó a que de sus labios, del pastoso gaznate del hombre-mosca, solo saliera atropellada y angustiosamente la palabra “Monique”.

domingo, 20 de julio de 2008

O Código da Chinche

El primer año de vida de FOOD & DRUGS ha sido acogido de forma muy positiva por sus lectores, y en general, por los fans del dibujo humorístico (tenga gracia o no), por lo que la junta directiva hemos de estar muy satisfechos con nuestra gestión y aumentarnos significativamente el número de palmadas en la espalda a percibir, aparte de adelantar en varios meses la revisión al alza de las remuneraciones en especie*.

*la cuota actual de una tableta de chocolate “trufa fondant” a la semana, se incrementará a una y media, estudiando la posibilidad de efectuar parte del abono de las plusvalías en tarrinas de helado nata-fresa-vainilla, como medio de aprovechamiento de las ventajas fiscales que durante la época estival ello representa en materia cambiaria.

Pero no voy a darle la paliza a nadie con estos asuntos de la vida ordinaria del blog, que naturalmente no tienen el menor interés para el ciudadano de a pie, así como para ninguno de sus usuarios y/o colaboradores esporádicos.
Por otra parte hacer un comunicado oficial para decir lo mucho que nos congratulamos de publicar nuestras retorcidísimas payasadas desde una tribuna libre, y siguiendo nuestra propia línea editorial, tampoco nos parece lo más apropiado. Siempre pensando en nuestros sufridos consumidores, y desde el punto de vista del nulo beneficio holístico que, con total seguridad, ello les iba a reportar.
Aunque sí hemos de admitir que este éxito de media-baja intensidad (por lo pronto el haber evitado una extinción masiva de ideas es un gran logro) es un motivo más que justificado de celebración, y además ha servido para atraer la atención y el cariño de gran cantidad de visitantes y turistas accidentales, cada vez más, de cuyas sinergias es básicamente de lo que nos nutrimos.
La lástima es que ello, esa es la cara amarga del éxito, también provoca el que de la noche a la mañana, se nos hayan comenzado a arrimar los clásicos aprovechados y advenedizos de turno, como es el caso de mi hermano.
La obra “O código da Chinche” (versión original en gallego) es un ejemplo de lo mucho que “chincha” el tener que hacerle un hueco en tu propia página a dibujos más guays que los tuyos, por tratarse de un familiar.
La historia que se describe en estas cuatro páginas a todo color, hará las delicias de los verdaderos amantes del cómic, y nos producirá un verdadero vacío de creatividad a los que lo dimos (al cómic) por muerto y enterrado como género artístico de primer nivel.
Y sin más preámbulos os dejo con “El código del chinche”.

Mato Grosso pictures presents,

Avec la participation de la societé Food and Drugs,

EL CÓDIGO DEL CHINCHE

(Calif. Moral: Todos los públicos)
Parents strongly cautioned.


martes, 8 de julio de 2008

Las Rebajas a la palestra


Near translation: I love so much shopping, that I've decided to dramatically shorten my purchase's lifetime.
La primera imagen que me viene a la mente cuando alguien menciona , o comenta algo acerca de las rebajas, es, no se por qué, el de aquella cadena de tiendas en Inglaterra (Harrods creo recordar) donde las muchachas (jovenzuelas y no tan jovenzuelas) se agolpaban tras las puertas de los grandes almacenes, y allí permanecían, entre empujones, codazos y una tensión que se cortaba con un cuchillo, hasta que sonaba una bocina y entraban en avalancha, llevándose por delante a todo aquel incauto que osara cruzarse en su paso.
Supongo que será porque tengo propensión a fijarme y a retener en mi memoria con más facilidad lo cómico o dantesco.
Y no es que yo sea un enemigo acérrimo del consumismo, ni muchísimo menos (no desde luego como para retirarme a un monasterio tibetano), ni voy a discutir el éxito incontestable del que gozan siempre las rebajas.
Sin embargo he de preguntarme, más que nada porque este blog es así de inquisitivo, si realmente ese éxito está lo suficientemente justificado.
Por decirlo de la forma más amable que se me ocurre: ¿Se trata realmente de una oportunidad para el consumidor menos solvente, o es simplemente un reclamo para atraer más gente a los comercios?
Mi experiencia después de haber participado muchas veces ya de esta fiebre, es, si bien, la de no encontrar nunca nada de mi gusto, a las cifras de cuya etiqueta se les hubiese practicado descuento alguno.
Y he llegado, naturalmente a fuerza de desengaños, a la conclusión de que la ropa buena, en general los artículos de calidad, nunca se rebajan.
Para mí hoy esto ya no es ningún secreto. Y es una verdad que no cambia. Da lo mismo que busque y rebusque entre las pilas de prendas amontonadas bajo un cartelito en el que se lee “todo al 50%”. Es probarme una camisa y parecer que llevara los dos brazos ortopédicos, un pantalón, e independientemente de la talla que sea, encontrármelo apretujando maliciosamente alguna parte blanda de mi anatomía.
Por supuesto, de los zapatos ya no debería ni molestarme en decir nada. Sencillamente se rebajan los que han quedado sin vender: Los que no le han gustado a nadie, bien por lo feos que son, o por el daño inhumano que hacen.
Pero claro, los vendedores que son muy cucos, ya lo tienen así montado, y les funciona de perlas. De hecho, lo primero que uno hace tras enfundarse uno de esos trapos rebajados, es ir corriendo al probador con otro en la mano, ahora sí, de los buenos (de los de marca), simplemente para cerciorarse de que todo sigue en su sitio, y que nuestra imagen personal no se ha quedado impregnada de esa apariencia previa tan insatisfactoria.
Y entonces, envueltos en el relax y la complacencia que ello nos produce, y al mismo tiempo, azuzados por el miedo atávico a nuestra propia fealdad, que no hace ni un instante que venimos de contemplar, terminamos, de manera inconsciente, poniéndonos en las manos salvadoras de nuestra tarjeta de crédito.
Dicho todo esto, estimados lectores, es bueno que sepáis si acaso, que en Food and Drugs ni ahora ni nunca haremos rebajas. Eso de “¡¡Tiramos los precios!!” no va con nosotros. De forma que podéis estar tranquilos.
En cualquier caso, tampoco tendría mucho sentido ponernos de rebajas, porque al fin y al cabo Food and Drugs es gratis!!!


jueves, 3 de julio de 2008

Viena bien vale un remojón


París bien vale una misa dijo en su día Enrique IV de Francia, abjurando del protestantismo y con ello obteniendo el reconocimiento de su derecho al trono.

De igual manera, también el aplastante triunfo de la selección española en la Eurocopa de Austria y Suiza, en consecuencia, fue tal de mecerer un baño en la fuente de Concepción Arenal, lugar de todas las celebraciones futbolísticas en Ourense (ya sean culés, "madrilistas" o de 'paña).
Pasa que uno ya no está para estos trotes, pero se dejó arrastrar por la muchachada y... Recibió el bautismo ese de los testigos de Jehová, o de Yaveh, o de los discípulos de Emaús... Cualquiera se acuerda ahora.
Sectas, religiones, fanatismos deportivos de toda índole, que más da. Todos se pueden meter perfectamente en el mismo saco.
Llevarse un alegrón tan grande porque un pellejo inflado de aire se cuela entre tres listones de madera recubiertos de una red es algo, desde luego, que no tiene pies ni cabeza.


Bueno, no sabía que aquí en Galicia éramos tan patriotas. En fin, ya se sabe, todo el mundo se sube al carro de los ganadores... Aunque esté un poco húmedo.

lunes, 30 de junio de 2008

Cumpleaños Feliz


Sí, hoy mismo hace un año iniciaba su andadura este blog, de nombre Food and Drugs (anglicismo que te crió). Y he pensado que no podía haber mejor forma de conmemorarlo que solicitar a los dos presentadores de “cine del armario” (¿o era “de barrio”?), aquel entrañable programa de televisión (tve) de las tardes del domingo, en el que se repasaba la historia del cine español (generalmente la del cómico y el folclórico, que prácticamente concurrían a la pantalla amalgamados), que nos honrasen con su presencia y nos aportasen su gran profesionalidad.
Lamentablemente, no ha sido posible contar con ellos, por lo que me he visto obligado a echar mano de dos guiñoles bidimensionales (y un tercero que hace de invitado), que a la sazón han tratado de representarles… Si no en cuerpo, sí al menos en espíritu.
Y aprovecho esta tan alta ocasión, que jamás vieron los siglos pasados, ni esperan ver los venideros, para cargar las tintas contra uno de los temas que más me han intrigado siempre: El de la homosexualidad.
El día que comprenda como es posible que ese extraño fenómeno, que coloquialmente se viene denominando como “cambio de acera”, “perder aceite”, “tener pluma”, se produzca, y más ante la atenta mirada de la madre naturaleza, ese día, sentiré que mi patrimonio intelectual, que la educación y el bagaje cultural que he recibido de mis mayores, habrá sido desmantelado, y que las pitonisas y chamanes habrán ganado un cliente más.
Pero habría valido la pena. Habría descifrado uno de los grandes misterios del universo, y estaría ya cerca, ya mucho más cerca, de alcanzar el nirvana.
Aunque quizás, eso sería, como dicen en las películas de gansters y bajos fondos, querer saber demasiado. A veces, ciertamente, saber demasiado no es nada aconsejable.
Bien, no quiero ofender a nadie con mis opiniones, y mucho menos verme vertiendo a este entrañable blog, que ha cumplido un añito tan solo, la clase de propaganda ultraconservadora y fanática, tan propia de los que añoran los célebres tiempos de la Santa Inquisición, y que acusa a los gays y lesbianas de poco menos que ser de la piel de Barrabás. Pero he de admitir que el cuerpo (las hormonas, la bilis, o lo que sea) me lo pide. Como se puede apreciar, aquí se le llama al pan, pan y al vino, vino.
Y no es afinidad con unos valores o creencias religiosas, que va, sino pura conveniencia. Porque a ver si no… ¿Qué mejor forma de afirmar mi masculinidad, que simplemente despotricando contra los amanerados, travestis y “mariposones” de toda clase y condición?
Nada de ir a gimnasios a sacar músculo, tras horas y horas de tediosos ejercicios con pesas, nada de asumir engorrosas actitudes como el valor ante el peligro, o la persecución de elevadas ambiciones profesionales o intelectuales. Todo eso es perder el tiempo cuando existe un atajo tan a mano.
Y aún así, aún reconociendo mi bajeza moral al respecto, no puedo remediarlo: Los hombres que se regalan entre sí cajas de bombones, y se dicen poemas a la luz de la luna, sigue siendo algo que no me entra en la cabeza.
¿Pues que gana uno en este tan monótono, tan aburrido, cambalache? ¿No pretendemos o hemos de pretender acaso las personas, por lógica natural, aquello que no poseemos? ¿Aquello que nos complementa? ¿Y no dicen además que la riqueza se encuentra en la diversidad?
En fin, ya sé, todos estos son argumentos a los que se les puede dar fácilmente la vuelta. Pero el que lo quiera entender lo entenderá (dicho aquí el verbo “entender” sin ninguna connotación oculta o segunda intención).
Yo, por mi parte (y “mis partes”), sigo sin poder explicármelo, y por un lado, me congratulo de ello, y por el otro me entristezco de ver como mi inteligencia topa contra una barrera, un límite, que no es capaz de franquear.
En fin, dado que no quiero complicarme más la existencia, perorando sobre algo de lo que no tengo más que una referencia remota y nebulosa, os invito a que os informéis más ampliamente sobre
el tema en la página que le dedica la Wikipedia.
Vosotros decidiréis si estáis satisfechos con lo que sabéis al respecto, o si preferís “saber demasiado”. Ha, ha, ha, ha*

*risa frankesteiniana


Y por cierto, gracias a los miembros (“miembras” no hay, de momento) de la selección española de fútbol, por el tan extraordinario regalo que nos han hecho ganando en tan señalado día la Eurocopa de naciones. Este blog, que se mira mucho el ombligo (es así de rarito), lo asume como propio.
Derrotando nada menos que a la mismísima Alemania, lo que al principio bastante costaba creer. Mi cara debió ser muy parecida a la que se les quedó a
Manolo el del Bombo o Arconada, cuando el árbitro pitó el final del encuentro.
¡Enhorabuena, campeones!


domingo, 22 de junio de 2008

Expertos en todo


Conocí hará unas semanas a una persona que, por su profesión, había recorrido medio mundo, y visitado centenares de ciudades y países. Al tratarse del auditor de una compañía de seguros, debía hacer las valoraciones de los bienes muebles e inmuebles de empresas, con vistas a cuantificar los daños que podría ocasionar un incendio, o cualquier otra contingencia parecida y, a partir de ahí, fijar la póliza adecuada. Habría pisado pues fábricas a porrillo, edificios de oficinas y toda suerte de instalaciones. Por citar las más llamativas, desde una central nuclear hasta un convento de monjas.
Y yo, no pude evitar que por unos momentos unas pequeñas rachas de envidia me zarandeasen, y me hiciesen tintinear como el cordel de un mástil sin bandera.
Me había llamado sobre todo la atención, el énfasis que puso en esta última experiencia y los recuerdos tan singulares que, al margen de los aspectos puramente laborales, afirmó que le había reportado. No llegué a “capiscar” muy bien si había ironía o beatería en sus palabras, pero no me costó imaginar la sucesión interminable de escenas y situaciones de las que yo, encontrándome en su lugar, me hubiera aprovechado para tomar material abundante con el que amasar este blog.
Pero al mismo tiempo me vino a la mente algo que este también había dicho con anterioridad, precisamente cuando le comenté que ese tan amplio bagaje en su haber debía, sin duda, traducirse en una vastísima experiencia laboral de la que sentirse respaldado, respondiéndome con la coletilla de que, en el fondo, él era un aprendiz de todo y oficial de nada. Lo que he de admitir que me dejó un poco descolocado.
Y es que en este mundo nuestro, en esta sociedad del conocimiento y la tecnología, una sociedad tan desmesuradamente saturada de información (útil e inútil a partes harto desiguales), tal pareciera como que cada vez es más imprescindible saber de todo, más aún, ser un experto, si es que se quiere tener unas mínimas posibilidades de sobrevivir dignamente.
Si no, a quien - que tenga la valentía de admitirlo - por más diplomas académicos que se tengan, idiomas extranjeros que se conozcan, chapurreen o gesticulen, libros, periódicos y revistas serias que se hayan leído, no se le pone la piel de gallina cada vez que un electrodoméstico se avería, y hay que llamar al técnico, o cada vez que el coche sufre un percance, y hay que dejarse caer por el taller del concesionario oficial.
Para mí es una cuestión bien sencilla de afrontar. O se tiene una red amplísima de amistades con información de calidad a la que recurrir, capaces de dar detalles puntuales, y de crucial importancia, sobre todos y cada uno de los servicios y asistencias que se nos ofrecen, sobre cuales timan y cuales timan menos – muy, pero que muy, complicado - o uno se obsesiona con perseguir esta información por su cuenta, contrastándola por sus propios medios, haciendo de este objetivo, el ser más listo que los que se ganan la vida a base de inflar las facturas a primos, su lucha diaria.
Una perspectiva esta última agotadora, ante la cual, casi sería preferible apuntarse a cursos de meditación zen y esperar que, con los efluvios de la paz interior, venga de rebote la omnisciencia.
A no ser que uno termine por admitir que, el control y la perfección absoluta no son, en el fondo, más que conceptos antipáticos hechos para amargarnos la siesta, y opte por la solución que no falla: La de ahorrarse problemas, y que no es otra, que la de aflojar generósamente la cartera. Por que, está demostrado, la tranquilidad, al final, es siempre lo que más a cuenta sale.