domingo, 27 de diciembre de 2009

La curva della felicità


Ah, que gran invento las paparotas de fin de año y navidades.
Dicen los muy sabihondos, que esta costumbre de ponerse como el quico nada tiene que ver con lo nacional-católico, y que ya los Neandertales, en épocas de cuando los dinosaurios eran los que cortaban el bacalao (en su caso el ictiosario), aprovechaban la llegada del solsticio de invierno para celebrarlo por todo lo alto con pantagruélicas pitanzas y demás fornicios colaterales.
Todo destinado a rendir pleitesías al astro rey, y, al mismo tiempo, como quien no quiere la cosa, para darle al cuerpo una impagable tregua, agotado el pobre de tanto correr detrás (y delante) de las alimañas silvestres.
Luego, la sociedad, y las sucesivas generaciones, fueron refinando la retórica autocomplaciente, pero la idea central siempre se mantuvo. La última semana del año, que es la que hace mas frío, no se sale de casa, y se dedica uno exclusivamente a zampar. Por unos días el trabajo queda aparcado y el alma se regenera de pústulas y excrecencias, imperando los buenos deseos y sentimientos fraternales. Ya no hay que pelearse con el vecino de al lado por las migajas del sistema, puesto que las viandas abundan. De hecho, ya no se compite por ser el más pícaro, o el más acaparador, es la hora de la generosidad, y es haciendo gala de ella como se demuestra una hipotética superior valía al resto del personal.
Son sin embargo estas fiestas la gran pesadilla de las (y los, que también los hay) anoréxicas. Generalmente adolescentes, y ya no tan adolescentes, que de pronto en casa de sus padres, el hogar protector, se ven obligadas por la fuerza a procesar, en dos sentadas, el equivalente a su ingesta trimestral de alimentos. O sea, a contemplar, atadas de pies y manos, como esa talla 36 tan trabajosamente conquistada, se viene abajo cual castillo de naipes.
Crueles fiestas, sin duda.
Naturalmente, con el estómago lleno, uno es más propenso a sentir desprecio por todo afán o inquietud del intelecto. Se podría cortar la digestión en el intento.
Pero ello no quita para que las dos o tres neuronas disidentes, esas tres de siempre, sigan dándole a la zambomba con los mismos temas obsesivos de toda la vida: Que si el amor en los tiempos del cólera, que si la revolución de las masas, o que si del barco de Chanquete no nos moverán.
Tres neuronas que permanecen activas en las cabezas de todo quisque, y que curiosamente, aprovechan la reunión familiar en torno al pavo, la langosta, o el bichejo sacrificado de turno, para copar toda la atención mediática.
Las discusiones que se producen al arrullo de los postres suelen ser ellas también de un gran contenido calórico.
Nadie se priva de expresar su peculiar visión del universo. Visiones, en una gran parte de los casos, que no ven más allá de las ojeras de Belén Esteban.
Pero eso es la grandeza de acoger, aunque solo sea por unas pocas horas, bajo a un mismo techo a familiares cuyos destinos vitales han corrido una suerte dispar. Nada hay más reconfortante que contemplar como los contenciosos seculares, los peñones de Gibraltar, islas Perejil y demás, que en su versión microbiana, forman coágulos y causan las embolias en las relaciones entre portadores de una misma sangre, son inmunes al paso de los años.
Decía Maria Antonieta, “si no tienen pan, que coman pasteles”, mientras el hambre en las calles de Paris comenzaba a distraerse con el afilar de guillotinas.
Es el tiempo pues de los pasteles, de atiborrarse con golosinas, de engullir esas huevas de lumpo por cucharadas soperas, que no harán olvidar los churretosos sanjacobos, la merluza fósil, o el filete al borde de un ataque de nervios, omnipresentes en el menú del día del tugurio donde uno manduca habitualmente, pero que en teoría, siempre en teoría, te los harán más soportables.
Siempre serán mejores, en cualquier caso, que cualquiera de esas innovaciones de la Haute Cuisine, que para sorpresa y congoja de los comensales, aparecen una de cada cuatro navidades como plato estrella de la Nochevieja, convirtiendo a las doce uvas de rigor, con toda la triquiñuela que ello conlleva, en el único alimento sólido medianamente digerible, y por tanto pintiparado, en lo concerniente a las hechuras de nuestro traje de fin de año.
Porque no os olvidéis, somos lo que comemos.
Feliz año 2010.

P.D.: Ante la acumulación de comentarios no deseados en los últimos posts me he visto obligado a introducir el “palabro” como medida higienizante.
No se trata de ser más selectivo, pero, qué diablos, mis “habituales” ya sabéis que esta es vuestra casa, y seguramente os gusta tan poco como a mí esa chusma que se mete por todas las rendijas con sus anuncios de alargadores de prepucio, sanaciones zodiacales y similares.

viernes, 11 de diciembre de 2009

El siglo de los estrógenos


No hace mucho leí en algún blog (de cuyo nombre no es que no quiera, sino que no puedo, cosa del estrés prenavideño, acordarme) algo así como que se conmemoraba el día internacional de la mujer, y que bla, bla, bla y bla, bla, bla… Y resumiendo, que después de tanta lucha en favor de sus derechos, apenas se había avanzado nada.
Mi reacción, como es lógico, fue de pensar ¿Pero tan mal está la cosa?
Y digo esto porque cuando se asigna un día internacional a alguna causa, es que esta está muy pachucha, o que, por decirlo más gráficamente, lleva palos de todas las esquinas.
Yo en un principio, y en mi fuero interno, considero que la situación de la mujer no debe ser tan crítica, pero a poco que recapacito me doy cuenta de que eso solo vale, como mucho, para las mujeres con las que trato habitualmente (familiares, amigas y conocidas) y en el entorno, razonablemente civilizado, en el que yo me muevo. Desde ahí, hasta las pobres infelices de los modelitos “Burka” o “Chador”, que pese al parecido fonético, no son precisamente “Bershka” ni “Chanel”, hay todo un espectro de matices que lleva derecho a las mutilaciones genitales del África más selvática.
Y es que uno no puede quedarse de brazos cruzados ante la gran injusticia que estas prácticas, y en general este estado de cosas, representan.
Así, en lo que a nosotros respecta, habría que, como primer paso, cortar de raíz cualquier tentación involucionista en las mentalidades troglodíticas del hombre de a pie, y forzarle a reciclar sus instintos machistas en algo que realmente fuera de utilidad. Obligarle a educarse en el respeto a su compañera, a la hembra de su misma especie, recordándole, por de pronto, que en cuanto a honor y valentía, nada nos tienen que envidiar. Ahí está sino el caso de Aminetu Haidar, la activista saharaui, para certificarlo.
En segundo lugar, opino yo, no se hace lo suficiente para afearles la conducta a los maltratadores. Sí, se pone mucho énfasis en la crueldad y lo horrendo de esos crímenes, en el daño que se les inflige a las víctimas, pero al rodearlo todo de esa aura de morbo y dramatismo, se deja escapar el elemento principal. Un hombre que pega a una mujer es un cobarde. Es ahí, incidiendo machaconamente en la cobardía del sujeto en cuestión, donde creo yo que más terreno se ganaría. De hecho, una gran parte de la sociedad, eso sí, la más rancia y apolillada, sigue pensando que el que un marido imponga su ley por la fuerza a su esposa, entra dentro de lo normal y deseable.
Se trata pues de cambiar los patrones de conducta mediante el uso de la inteligencia, aspecto en el que la mujer y el hombre son indistinguibles el uno de la otra.
Y no hay motivos para posponerlo más, ni razón para resignarse a las actuales políticas de cuotas. La igualdad ha de imponerse por la fuerza de los hechos.
No es de recibo que en plena era de la biotecnología, sigamos concibiendo a la mujer como una herramienta de procreación sin más. Para eso ya están las incubadoras, que en el futuro, a buen seguro, evolucionarán todavía más, convirtiendo el mismo proceso del embarazo como tal en una opción a elegir, o no, de las interesadas.
Antiguamente, eso también es cierto, la mujer se debía en cuerpo y alma a sacar su prole adelante, y debido a que muchos de los retoños se quedaban en el camino, y a la ausencia de métodos anticonceptivos, se veía obligada a estar continuamente pariendo. Pero hoy eso ya no viene a cuento. Los días de las mujeres “conejas” son cosa de los libros de historia.
Unos libros de historia donde, para ilustrar todavía más si cabe esto que digo de la valoración tan misérrima que de la mujer, y su potencial cognitivo e intelectual, se ha hecho a lo largo de los siglos, se le muestra, a modo de ejemplo, representada artísticamente por la Venus de Milo, inerme, amputados los brazos, mientras que al hombre, por el pensador de Rodin.
¿Hubiera podido Rodin esculpir a una pensadora? ¿Se lo habría siquiera planteado, considerando la época en que vivió? Lo dudo mucho.
Entonces, como ahora, el cuerpo de la mujer, en lo que a su atractivo físico se refiere, era su principal característica definitoria.
Una forma de juzgar el contenido por medio del continente, en la que se deja fuera, y se echa a perder, la práctica totalidad de los atributos reales, contantes y sonantes, de las que no pasan tan caprichoso examen.
Pero aunque cueste reconocerlo, esta ha sido, y por lo que parece seguirá siéndolo en adelante, la tónica dominante. Una realidad que solo genera descontento y apatía en las afectadas, y que, por cuanto tiene de desaprovechamiento, de despilfarro, hay que combatir de plano.
No puede ser, por tanto, que se prosiga en esta línea de reducir por sistema las expectativas de las jóvenes y adolescentes de nuestra generación a la idolatría de la mujer-objeto. Un mal en el que la publicidad, escrita, televisiva, e incluso de las vallas de los márgenes de las carreteras, tiene gran parte de culpa.


Y no se trata de prohibir, pero sí de moderar, porque la actual barra libre en la que se ha montado el capitalismo rampante, lo único que nos deparará será nuevas crisis, y más “mono” de consumismo idiotizante.
Este siglo XXI está pues llamado a ser, tal como yo lo veo, el siglo de los estrógenos. El siglo en que las féminas tomen el mando y pongan orden en la casa. Pero no para limpiar el planeta que nosotros previamente hemos ensuciado hasta dejarlo hecho una cuadra. No. Agarrándonos por salva sea la parte, y obligándonos a aprender a convivir, a aprender a compartir, a no malgastar, a vivir civilizadamente.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Justo de juicio


Bueno, me he metido otra vez con un relato. Y no sé si será bueno o malo, pero lo cierto es que le estoy cogiendo el gusto al tema, y esto ya parece una máquina de hacer churros (bueno, no exactamente, el símil desde luego no es el mejor).
En esta ocasión la cosa se dirime en los juzgados, lo que no tendría nada de particular, si no fuera porque en lo referente a los aspectos jurídicos yo estoy completamente pez.
Fue entonces que estimé conveniente solicitar asesoramiento por parte de un familiar muy querido mío, mi pater ad hoc, de jure y de facto, quod erat demostrandum. Este más versado en la materia, al ser licenciado en derecho.
¡En buena hora!
El borrador de mi historia fue como un novillero recién vestido de luces que se enfrentara a un Victorino, y al que le esperara la misma suerte que al del poema de García Lorca. Sí, también eran las cinco en sombra de la tarde, cuando le entregué a mi padre el manojo de folios para que lo revisara.
Tomó entre sus manos un bolígrafo, y entre ambos convinimos en que cada renglón, cada párrafo, cada cuartilla que mostrase una incorrección, por nimia que esta fuera, fuese subrayada o tachada, y si había lugar, que se le adjuntase la pertinente nota o aclaración.
De cómo volvió a mis manos la obra, congoja me da recordarlo. Uno detrás de otro, los folios fueron violentamente empitonados por aquel bolígrafo. Las correcciones presentaban múltiples trayectorias, y por cada párrafo, una nota al margen lo desangraba de contenido.
Recomponer aquel tejido hecho jirones, ya no era cosa de la medicina humana, sino más bien de encomendarse a los poderes sobrenaturales.
Recordé a mi padre que el asunto tenía un propósito humorístico, pero no sirvió de nada. Él insistía en que era como uno de esos fetos que no nacen a su tiempo, y al que, aunque le palpita el corazón, y la sangre corre por sus venas, ha venido al mundo sin cerebro, y por lo tanto está clínicamente muerto.
Su pequeña cabecita de macaco, más que de homo sapiens, aún así me inspiraba una gran ternura, y no pude evitar, pese a tratarse de una quimera imposible, el luchar por salvarle la vida.
Naturalmente llevé lo antes que pude mi cuento a la UCI, sabedor de que necesitaba cirugía mayor. Allí se le sometería a una intervención que duraría horas, despertándose incluso varias veces de la anestesia en pleno proceso operatorio. Vamos, una pesadilla.
Y eso fue lo sucedido.
En estos momentos lo he pasado a planta, y si lo deseáis, podréis acercaros a mi otro blog Status: Playing para visitarlo. Pero os recuerdo que está muy malito el pobre, más para allá que para acá, y que ni ha salido del coma en que se encuentra actualmente, ni se espera que salga.
Las técnicas de resucitación que se le practicaron fueron demasiado agresivas, la mayor parte de las lesiones y heridas inciso-contusas, apenas pudieron ser abordadas. Fue como a esos enfermos de cáncer que los abren y, visto el panorama, los vuelven a cerrar de inmediato.
En cualquier momento lo podría desconectar de la ventilación asistida, así como retirarle el gotero que le suministra el suero de la verdad, y demás catéteres intravesiculares.
Y así estoy, ahora, esperando a ver si este cacao mental que tengo, sale o no sale adelante. Dispuesto, en cualquier caso a telefonear al servicio municipal de recogida de relatos muertos, y librarme de una vez por todas de esta insoportable angustia que me causa la depresión post-parto.
Hételo aquí, si os encontráis con ánimo suficiente, en este enlace, “El banquillo de las sinrazones”.
Yo por mi parte reconozco mi fallo, aunque también me refugiaré en que es un fallo que no admite recurso, y que cierra todas las vías de lo contencioso-administrativo.
Que lo disfrutéis, aunque sea ilegítimamente.

sábado, 31 de octubre de 2009

Un futuro incierto


Hace tiempo que no publico y eso no se puede consentir.
Por fortuna, se me ocurrió esta breve historieta (o microrelato), y a aún a pesar de lo manoseado del tema, decidí hacerle un ciberhueco.
No sé si os pasa también a vosotros, amigos lectores - muchos de los cuales también le dais ritmo de batucada a las teclas de vuestro ordenata - pero yo, en lo que respecta a mi manera de enfocar la “vocación”, suelo enredarme bastante a menudo con una idea que de noche y de día me persigue: La obsesión por la verosimilitud.
Ya, es lógico, diréis. Los argumentos han de tener un hilo conductor medianamente inteligible, de forma que el lector no se ahogue en sus propios bostezos.
Pero y digo yo: ¿No será acaso esta obsesión por la verosimilitud, en el fondo ese afán por lograr que la ficción imite lo más fidedignamente a la vida, más bien un contrasentido?
Porque, señores y señoras de este y del otro lado de la pantalla, la vida es una concatenación de situaciones absurdas, una sopa cósmica cuya lógica apenas está en condiciones de soportar el análisis racional. Trazar una línea de separación entre lo real y lo inventado, y ceñirse a ella con terquedad, es causa de grandes desesperaciones.
Por tanto no ha lugar hacerse mala sangre con uno mismo, ni buscar reconciliaciones imposibles con eso tan esotérico que llaman la “inspiración”
El mundo, que es siempre el que va a ser retratado, se disfraza y nos entrega pistas falsas para trabajar. Apenas materiales de desecho. No quiere que le hagamos su caricatura. Pero al final siempre se deja, pues en el fondo es muy presumido, y eso, es lo que le pierde.
Quedáis pues a merced de “Un futuro Incierto”, versión en castellano de su homóloga original “Na furrufu Inchiribita”, que a diferencia del dibujo he creído conveniente que fuera traducida.
Lo aclaro más que nada por aquello de evitar malentendidos con los puristas. Es evidente que la historia ganaría en realismo contada en el idioma propio de su tiempo (esto es, el de la época histórica en que transcurre), pero para no meternos en camisas de once varas, nos permitiremos esta licencia. A fin de cuentas… ¡¡¡ ¿Qué más da, si es todo una trola?!!!

Un futuro incierto

Es el año 21900 d.c. y la humanidad ha sufrido grandes transformaciones a lo largo de este periodo elefantiásico de tiempo.
Una de ellas, la más notable, es la que la condujo a abandonar su madre planeta, la “Tierra”, y a colonizar otros mundos allende los espacios siderales.
Por supuesto, mucho han cambiando estos nuevos seres humanos en cuanto a su fisonomía, y por tanto, en cuanto a su longevidad, su forma de respirar, de comer y de relacionarse con su hábitat. Por ejemplo, no tienen necesidad de orinar ni de defecar, al estar sus raciones de alimento científicamente milimetradas, y por tanto ambas prácticas son consideradas un pecado de entre los más horrendos, pero eso es harina de otro costal. En general, su forma de ver la vida, su pensamiento, se podría decir que apenas habrían experimentado modificaciones. Y así, en lo referente a su aspecto exterior serían irreconocibles en comparación con los de hoy día, pero no así de cráneo para adentro, que continuarían sujetos al clásico esquema sota, caballo y rey.
Pero vayamos a nuestro relato.
La estrella Zeta-Pétalus había asomado un día más su brillante corona de rayos gamma por el horizonte, y, a esa hora de la mañana, la normalidad era la tónica dominante en la ciudad burbuja de Nueva Pangea.
Era pues el comienzo de una nueva jornada de clases en el colegio San Gagarin de Sputnik, donde los frailes gagarianos impartían sus lecciones magistrales. Uno de ellos, don Estroncioπ, se ocupaba del 5 º curso, y a fe mía que era tenido por muy buen maestro, querido tanto por el alumnado como por los padres, e incluso reconocido y muy admirado entre sus colegas.
Don Estroncioπ era un amante de su profesión y veneraba todo lo relacionado con el aprendizaje. No es pues de extrañar que la gente lo adorase. Digamos que conseguía transmitir su pasión a todo lo que hacía.
Por ejemplo, entre sus alumnas, no le faltaban aspirantes a ser la favorita a la hora de escoger. Todas las niñas se peleaban por ser la más lista y la más estudiosa. Y los niños, tres cuartos de lo mismo.
- ¿Cuáles son los principales ríos de lava del asteroride Epherus? – inquiría.
Y sin dejar que terminara de verbalizar su pregunta, tres o cuatro voces se alzaban desde todas las esquinas apuntando:
- El Thinca, el Ghallego y el Xegre.
- Perfecto, perfecto, niñas…
Sin embargo, siempre, todos los años, a don Estroncioπ le tocaba lidiar con alguna manzana podrida. Tal vez más gusano que fruta, bien es verdad que sí, pero desde luego cien por cien sospechosa de querer pudrir el cesto.
Y en esta ocasión este se llamaba Pfodnix5. Un jovenzuelo imberbe, el cual había hecho de la impertinencia su principal seña de identidad.
Su condición de repetidor y el hallarse ya de lleno inmerso en la adolescencia, en tanto que sus compañeros apenas habían aprendido todavía a sonarse los mocos, le convertía en un continuo foco de problemas.
Y como ya digo, don Estroncioπ, era un genio en el manejo de la mano izquierda, y sus dotes de psicólogo eran bien conocidas, pero con el tal Pfodnix5 no le valían de nada.
Así, durante todo el curso se habría tenido que resignar con dejarlo por imposible. Pero esa misma mañana, ni siquiera él mismo sabría decir por qué, se hartó de transigir.
- ¡Hale, Pfodnix5, a la pizarra de plasma!
- ¿Quién? ¿Yo?
- ¡Sí, tú! ¡Te ha tocado!
Pfodnix5 remoloneó un poco al principio, pero enseguida aceptó el reto, y haciendo muecas de extrañeza, destinadas obviamente a ridiculizar la ocurrencia de don Estroncioπ, se fue deslizando hasta allí por entre los pupitres de carbono cristalizado.
- Bien. Me vas a decir la composición geológica de la Tierra.
- ¿La Tierra? ¿Pero qué tierra? ¿La de las películas?
- Olvídate ahora de las películas. Deja a un lado toda esa bazofia que echan por la televisión. Di, núcleo, manto y corteza.
Pfodnix5 se encogió de hombros.
- Sí. Venga. Di de que están formados cada cual.
- Pues yo que sé – a Pfodnix5 le gustaba mucho hacer el payaso – ¿De rocas y pedruscos amontonaos?
- Está bien. ¿Quieres que te expulse de clase? Sería la tercera vez, y dudo mucho de que el director te fuera a conceder una siguiente oportunidad. He hablado con él, y lo mismo da ya que tu padre sea el vicecanciller de navegación aerospacial del hemisferio bipolar o barrendero… Todo tiene un límite.
Entonces por un momento Pfodnix5 rememoró el zipizape que se había formado la vez anterior, y las amenazas de su progenitor de enviarle a un satélite perdido en el mapa celeste. Y el cuello de la camisa, aunque tampoco demasiado, pareció como que le apretase un poco. Lo suficiente, si bien, como para obligarle a hacer un mediano esfuerzo.
- Veamos – dijo el muchacho – Está el núcleo, que tiene Hierro, y la corteza, donde se hallan los vegetales y las plantas. Y en el manto…
- ¡No, señor! ¡No! ¡Lo ves como no te da la gana de estudiar nada!
- ¿De lignito, antracita y hulla?
- Basta. No quiero oírte más. Vuelve a tu sitio, zoquete… ¿Zignya2?
- El núcleo está compuesto de cemento y hormigón armado – recitó Zygnia2 de carrerilla - el manto de residuos nucleares de alta radiactividad, y la corteza de plásticos no biodegradables, aguas fecales y tetra briks de vino peleón.
- ¿Has visto? ¡Toma ejemplo!
- Bah, Zignya2 es una empollona.
- Ya quisieras tu algún día ser la décima parte de inteligente que ella.
- Bien. Ella se aprende al dedillo lo que viene en los libros, y feliz de la vida ¿Pero… Por qué yo he de aceptar que es cierto, si en las películas…?
- Calla, ignorante. Y además de ignorante, blasfemo. Pones en duda la historia sagrada, lo que observaron los santos telescopios de la nave Diluvius antes de dejar atrás las elipsoides orbitales jupiterianas. Y todo por culpa de todas esas leyendas embutidas en dvd’s pixelizados, que no son más que un entretenimiento barato plagado de anacronismos. Entretenimiento para incultos como tú.
- Pero don Estroncioπ
- No hay peros que valgan. ¿Quieres que te expulse? ¿Eh?
- No pero…
- Pues entonces no me lleves la contraria. ¡Siguiente tema: La conquista de las constelaciones de Sagitario y Capricornio por los metacarpos y la guerra de los cien años con los metatarsianos!
Y Pfodnix5 no volvió a ser llamado a la pizarra de plasma durante ese curso, con lo que al año siguiente volvería a ser repetidor.
Al fin y al cabo, ¿para qué se iba a esforzar, siendo hijo de un pez gordo…? ¿…Parte integrante de una de las familias mejor situadas de la colonia?
Eran los demás, los que nunca llegarían a nada, los que debían dar el callo. Ellos tendrían que sostener la base de la pirámide, y sus convicciones habían de ser lo más sólidas posibles.
Y todos contentos de que se repitiese un año más la historia, pues como ya dije, las mentes de la época tampoco eran afines a las grandes variaciones idiosincrásicas.
Mentalidades estáticas para una humanidad repetidora.

lunes, 26 de octubre de 2009

¡Que grande es el cine!

No se si José Luis Garci habría emitido nuestras peliculillas cutre-salchicheras (de mi hermano y mías,... aunque más de él que mías, todo sea dicho) en aquel espacio suyo llamado ¡Qué grande es el cine!, pero de lo que si estoy seguro es que, de hacerlo, al coloquio subsiguiente solo habrían asistido comentaristas deportivos.
Lo que daría en cualquier caso, por que Héctor Quiroga, Ramón Trecet, José Angel de la Casa, Andrés Montes, Juan Carlos Rivero o Paloma del Río (entre otros) se sentasen alrededor de una mesa para comentar este humilde video, que no es sino el trailer de la III Maratón do Miño (en Ourense)...
Por cierto, tanto mi hermano como yo corrimos la prueba en la modalidad de relevos. ¡¡¡Deslomaos acabamos!!!... aunque como decía el chiste de Gila, ¡¡¡Pero nos reímos...!!!

Lo podeis ver en HD en You Tube, picando aquí

domingo, 4 de octubre de 2009

¿Somos animales sociales?


Cualquiera con un grado mínimo de conocimientos en cuanto a lo que se refiere a las ciencias naturales sabe que el hombre, la especie Homo Sapiens, es un animal social, o al menos eso es lo que se oye decir por ahí.
Yo en cambio, tengo una teoría alternativa, y me inclino más a pensar que la sociabilidad humana es más que nada un mito, una feliz coincidencia, y que si en realidad vivimos hacinados y apiñados en ciudades y pueblos, es más por inercia, que por el anhelo de compartir nuestras existencias.
Bromas aparte, la teoría - mi teoría - he de admitir, es ciertamente fácil de refutar para alguien con dos dedos de frente y que no tenga el día para andar con chuminadas. No obstante, por más que se esforzase, siempre se dejaría colgando algunos flecos. Pequeñas evidencias ante las que este sesudo personaje figurado no tendría más remedio que doblar la cerviz, y reconocer muy a su pesar, que no existe un razonamiento o explicación, completa y cerrada, que las arrincone definitivamente.

El hecho es pues - como iba diciendo - que somos un animal social, como las hormigas, como las abejas, como los ñus… Y sin embargo, a ninguno de nosotros nos gusta reconocernos en ellos. Ni siquiera a todos nosotros, como conjunto, nos gusta hacerlo.
Pondré un ejemplo sencillo: Las banderas y escudos de los países.
Se ven muchas en las que la nación o el estado aparece representado por un animal. Pero en todos los casos estos suelen ser animales solitarios, y muy rara vez pertenecientes o integrados en manadas, grupos o bandadas.
Proliferan los leones, que aún sin haber puesto un pie en el viejo continente, excepción hecha de circos y zoológicos, campan a sus anchas por blasones y estandartes de media Europa. También son un éxito las aves, por lo general las rapaces: Águilas (alguna que otra de infausto recuerdo), halcones, pero también pajarillos como el Quetzal (Guatemala) aunque en este caso ya no hay una discrepancia tan grande, geográficamente hablando. Es también el caso de los cóndores en los países andinos, del águila culebrera en México, o de la de cabeza blanca en algunos estados de los EE.UU. En este reparto, en cambio, las gaviotas saldrían muy mal paradas, y únicamente un pequeño islote del Pacífico, Kiribati, la desplegaría en su enseña, y para eso de refilón, y como que pasaba por allí.
Osos (en algún lander alemán, creo que Berlín, y en California!!!), toros (en la versión forofo-pachanguera de la de la España cañí), lobos, etcétera, etcétera.
Por supuesto, capítulo aparte merecerían los animales mitológicos, águilas bicéfalas, unicornios o dragones (caso del País de Gales), cuya presencia en este cotarro, en detrimento de la de perros, gatos o hamsters, tanta amistad y cariño que decimos profesarles, da desde luego para muchas y muy críticas reflexiones.
Pero resumiendo, ni hormigas, ni abejas, ni ñus.
Los escogidos son siempre animales muy susceptibles y en absoluto dispuestos a ceder el más mínimo palmo de terreno en sus posturas. Nunca bichitos colaborativos y entregados en cuerpo y alma al bien común de la colonia.
El odio - la inquina que todos sentimos por estos animales sociales - se incrementa de hecho exponencialmente, cada vez que nos tenemos que relacionar con alguna de estas especies malditas, cuyos hábitos y costumbres, entran en conflicto con nuestro concepto de lo que sería un entorno ideal, y en muchos casos claras enemigas y competidoras: Ratas, cucarachas, polillas, piojos y liendres. Entre otros/as.
Si bien, todos estos desafectos tienen su justificación. La mayoría de estos bichos son muy marranos, y generalmente son portadores de enfermedades, o arruinan nuestro patrimonio, como la carcoma.
Lo que ya no es tan fácil de comprender es la antipatía que todos sentimos en mayor o menor grado por las hormigas, el animal social por excelencia.
Sí, las hormigas nos inspiran a todos recuerdos vagos de la infancia, en cuyo contexto, estos seres diminutos ejercieron en cambio una enorme influencia. Cómo olvidar a aquella hormiguita de la fábula que, implacable, dejaba morir de hambre y frío a la extrovertida y dicharachera cigarra. Aquel personajillo corroyó mi alma infantil, apenas en proceso de formación, durante muchos años, convirtiéndome en un ubicuo asesino (peor aún, genocida) de estos negros artrópodos. Era solo toparme con una hilera de ellos y agacharme a poner fin a sus vidas, dedo índice y pulgar actuando a toque de tambor. Hormigueros enteros sufrieron cuantiosas pérdidas en aquellas desiguales y cruentas batallas, mis manos convertidas en aeroplanos de la Luftwaffe por las orillas del Ebro o del Jarama.
Afortunadamente, hoy es el día en que mi forma de ser y de pensar se ha corregido radicalmente, pero eso no les devolverá la vida a aquellas pobres infortunadas, brutalmente masacradas, víctimas colaterales del rechazo y el odio que por entonces se me había inculcado.
Aprendí más tarde que aquel olor acre que despedían una vez despachurradas, era en realidad consecuencia de la presencia en sus fluidos corporales de una sustancia, el ácido fórmico, bastante popular en los laboratorios de institutos y universidades. Seguramente si de ellas hubiera brotado sangre, una cosa más parecida a la nuestra, roja y más espesa, algún sentimiento de piedad se habría podido despertar en lo más hondo de mi corazón. Aquel líquido, en cambio, me convencía más de lo estéril de sus vidas.
Y no iba desencaminado. La mayor parte de las hormigas, o poco menos que la práctica totalidad de ellas, son obreras. Meras súbditas de una reina para la que se encargan de despachar todas las faenas engorrosas, como la de conseguir comida y cavar túneles. De hecho su quehacer diario se reduce a eso, trabajar sin parar.
Una reina a la que únicamente unos pocos machos alados, apenas una vez al año, tienen el privilegio de fecundar (si es que se puede decir así, ya que sus opciones de elegir pareja son nulas).
Como se ve todo muy organizado y planificado de antemano, y desde luego no dejando margen alguno para la improvisación o la creatividad.
Está pues asumido que la tirria que sentimos por las hormigas y todas sus parientes biológicas tiene un por qué razonado. Y sin embargo, nosotros, los humanos, somos un espejo de ellas. Nosotros, por más que tratemos de disimularlo también nos necesitamos. No importa el número de reuniones de vecinos a las que uno asista, ni las veces que salga de ellas escaldado. No importan los atascos del tráfico, el repelús en los ascensores cuando se abarrotan… Solo es necesario ver la reacción que tenemos ante una catástrofe natural, un terremoto o una inundación, para convencernos de lo contrario.
Y dicho esto, ¿No es mejor que en el fondo sea así? ¿No es una suerte el que podamos ayudarnos entre todos, aún cuando haya siempre algún aprovechado que se lleve la parte del león, en lugar de merodear sin rumbo por la sabana, como hienas salvajes que buscaran cada una la carroña por su cuenta?
Yo lo he meditado mucho, y aunque, como se infiere de lo expuesto a lo largo de esta disertación, sigo sintiéndome incómodo en el pellejo oscuro y quebradizo de la hormiga, lo prefiero mil veces al plumaje sucio y maloliente del buitre.
A fin de cuentas, eso que hacen las hormigas, de comunicarse poniendo en contacto sus antenitas, es exactamente lo mismo que nosotros estamos haciendo ahora mismo. Con permiso, claro está, del satélite de rigor, que también se lleva su parte.
Resumiendo ¿Que a qué viene todo este rollo patatero?
Pues a una cuestión muy simple. En todo momento, cada vez que enciendo mi ordenador y accedo a mi blog, me interrogo a mí mismo sobre la importancia de la comunicación, el comunicarme con otras personas, y si en realidad hacerlo a través de internet produce un impacto real en mi forma de ser o de comportarme. Y sobre todo, si obra un beneficio o un perjuicio.
Veámoslo de otra forma: Antes de existir la blogosfera, uno carecía de la posibilidad de algo tan simple como, por ejemplo, escoger conversación y tema en el que participar, o a su vez, de mostrar sus habilidades, conocimientos, ideas y/o gustos a los demás, sin por ello necesariamente exponerlos al siempre temible rechazo. Aparte de poder hacerlo como, cuando y desde donde a uno mejor le parezca.
Cada uno cultiva su parcela, y quien la encuentra agradable se suma, y el que no, se puede volver por donde vino tranquilamente, sin por ello tener que justificarse ante nada ni ante nadie.
Por un lado es maravilloso, pero… ¿Este tipo de comunicación no nos estará haciendo perder nervio, no debilitará el músculo que necesitamos para desenvolvernos con el mucho más crudo y farragoso tira y afloja de la vida real?
No hay que olvidar que en las situaciones del día a día, no hay casi tiempo para pensar lo que se va a decir. Las personas a las que nos dirigimos carecen asimismo de tiempo para escucharnos, o a la inversa, justo vienen a buscarnos cuando somos nosotros los que andamos apurados.
La mayor parte de los mensajes que los humanos intercambiamos son instrucciones simples del tipo “Pásame la sal”, “¿Están ya listos los informes del mes?”, “Se ha acabado la bombona de butano”, “Cuando bajes al supermercado no te olvides de coger mis yogures”, “¿Cuáles eran tus yogures?”…
Transformar esto en algo de más enjundia, es decir, en algo más parecido a lo que nosotros procuramos a través de estos, nuestros ciberespacios personales, es una tarea dificilísima. Yo diría que como la de enriquecer uranio, pero sin el uranio y sin las centrifugadoras necesarias para llevarlo a cabo.
De hecho, opino que elevar el tono intelectual de la sociedad actual es una utopía. Y muchos de los que fuimos educados en esa premisa, hoy por hoy, lo vivimos con una gran sensación de aturdimiento.
Cada vez más gente está más instruida y mejor formada, y sin embargo parece avergonzarse de ello o como que le agobiase. Buscan constantemente válvulas de escape en la telebasura y adoptan los modos y maneras de lo que en ella ven, como si ese aprendizaje, esa coraza de vulgaridad con la que se recubren, les proporcionase alguna clase de protección o de herramienta ante los retos cotidianos que se les plantean.
Después entras en su blog (no me refiero a ninguno en concreto), y ahí sí, de pronto te encuentras con que ¡¡¡Los demás también piensan. No eras tú solo!!!
Esa gente pasota e inhibida también aspira a lo sublime, también quiere mostrar lo que hay dentro del estuche, no el plástico duro del exterior, sino su interior aterciopelado.
Y está bien, pero, volviendo a lo de antes ¿No estaremos en exceso polarizando nuestro modo de conducirnos por la vida?
Nuestro mundo real, escueto y reducido a un mero trámite, se vuelve demasiado pobre cuando únicamente reservamos toda la ornamentación para el virtual.
La comunicación, queridos compañeros de ruta, como animales sociales que somos, es un aspecto muy importante de nuestras vidas, y como en todo, saberle encontrar el punto de equilibrio es la clave para impulsar su fertilidad.
No nos retiremos a dormitar en espléndidos jardines botánicos, bajo sombras embriagadoras mientras el desierto se come nuestra vegetación autóctona. Traslademos un poco, una pizca tan solo, de esa hermosura a nuestros paisajes inmediatos, a lo que todas las mañanas primero contemplamos desde nuestra ventana. Combatámosle también a la marrullería en su terreno. Hablémosle en nuestro idioma.

P.D.: Mi animal nacional es la ardilla. Sí, ya sé que os lo suponíais. Ja,ja,ja…

domingo, 20 de septiembre de 2009

Los sueños que migraron


Probablemente las aves migratorias sean un lugar común de la literatura. Una metáfora que una y otra vez va y viene para poner de relieve lo transitorio y al mismo tiempo recurrente de la vida, en estrecha similitud con la rueca de la hilandera. Y sin embargo, no quiero por ello dejar de usarlas una vez más en mi provecho. Me gustan. Aunque parezca un disparate decirlo, me son fieles.
¿Y por qué?, os preguntareis.
Bien, últimamente, un acontecimiento de relativa trascendencia en mi vida, una nueva monda de plátano que he vuelto a pisar, digámoslo así, me ha hecho acercar una vez más la lupa a esos dos conceptos antagónicos que son el éxito y el fracaso. Y para empezar, lo he hecho de una forma sencilla: Buceando en Google y cotejando el número de entradas que se reparten entre cada uno.
Y el resultado, cualquiera lo puede comprobar a un solo golpe de clic, fue el siguiente:
Éxito: 40.200.000
Fracaso: 8.050.000
Busqué en inglés, tal vez por aquello de darle un mayor respaldo científico a mis investigaciones, y de nuevo las cifras hablaron por sí solas:
Success: 263.000.000
Failure: 149.000.000
De modo que, una vez diseccionada la muestra, y con los datos sobre la mesa, bien abiertos en canal, parece pues estar bastante claro que sobran todas las especulaciones al respecto. El fracaso, es evidente, fracasa frente al éxito.
Hasta ahora todo muy de cajón.
¿Dónde está entonces la gracia de este análisis? ¿Adonde apunta, si es que apunta a algún lado?
Queridos lectores, hablo desde la frustración, y muchos de vosotros, como yo conocedores de la tenazas que esta aplica al libre desempeño del espíritu, entenderéis que no quiera, o no pueda, enemistarme aún más con ella. Soy un juguete en sus manos, y, ahora mismo, solo espero de su gracia el que se aburra pronto de mí.
Quizás, y digo solo quizás, el gran error fue sentarse a soñar.
Soñar es algo que hay que hacer tumbado, con pijama de felpa y colchón de látex. Y calcetines en los pies, si se hace preciso. Más que nada en llegando los fríos por las rendijas de puertas y ventanas.
Puestos sin embargo a hacerlo, ya que nadie es quien para juzgar en otros lo que está bien o lo que está mal, uno habrá de aceptar que el hecho en sí de soñar despierto, nos guste más o menos, lleva aparejada (siguiendo un cálculo de probabilidades que apabullaría al propio Murphy de las leyes de Murphy) una innegable propensión hacia el fracaso.
Querer es poder. Querer, con muchas ganas, es no poder.
Y dicho esto, que a mi juicio es lo elemental del caso, empirismo puro, me libero de unas pesadas cadenas, y dejo que sean otros, si quieren, los que carguen con el peso insoportable de la autocompasión. Amiga inseparable del fracaso, y vieja conocida en el gremio de las carroñeras que devoran el alma.
No olvidemos, por otra parte, que el éxito, ese éxito que todos anhelamos, el que cierra bocas y abre puertas, no deja en el fondo de ser sino una idea peregrina, y que aún en el caso de materializarse, hablo de casos contadísimos, siempre acabará revelándose como culo de mal asiento.
Porque el éxito, aún a pesar de venir siempre fanfarroneando y con los bolsillos repletos, nunca da nada a cambio de nada, y sus préstamos, ese espejismo de felicidad que no suele durar más allá de lo que tardan en medrar las malas hierbas, se acaban pagando con creces. Además, tras de sí, no solo deja a uno en la miseria, sino que prácticamente lo incapacita para enfrentar una nueva travesía del desierto. Lo reduce a un vegetal. Y dentro del género de los vegetales a un cactus, de cuyas espinas todo el mundo se hace a un lado.
Cuando los días de gloria se acaban, pues, ya solo queda estudiar un curso acelerado de fakir*, o si acaso, si aún se espera obtener algún rédito económico, venderse por partes a los traficantes de órganos, porque esa es otra… Este sí, el fracaso, cobra sus recibos a tocateja. Y cuenta con los medios para hacerlo. Medios contundentes.
Claro que hay quien podría decir que unos nacen con estrella y otros estrellados, unos en las Bahamas y otros en Somalia, y que la indigestión que para unos se pasa con sal de frutas, a otros los manda derechos a la UCI. Pero en esto último de atizarnos unos a otros con dichos populares y refranes, sin duda, se llevarían la palma esos que pretenden consolarnos siempre con aquello de que todos somos hijos del espermatozoide más rápido. No teniendo mucho en cuenta desde luego el caso de los gemelos, para quienes ni tan siquiera serviría de gran ayuda la foto finish.
Resumiendo, que lo sabio es poder, con el paso del tiempo, ir conformando y ampliando los propios filtros emocionales para saber sobreponerse, y atemperar tantos y tantos vaivenes en uno y otro sentido. Los muchos sobresaltos que sin duda, y Dios mediante, todavía nos esperan a la vuelta de la esquina.
Mientras tanto, la esperanza, mejor que no decaiga, que esta sí es gratis, y no se detecta en los escáneres de los aeropuertos. Vamos, que se puede llevar con uno a cualquier lado. Sin preguntas, sin engorrosos cuestionarios.
Ya nuevos sueños vendrán, atraídos por esta, para reemplazar a los que volaron. Y así, sucesivamente.
Afortunadamente, en tiempos de crisis todo parece fracasar, y además, parece hacerlo con una gran naturalidad, así que, al menos uno no se siente tan bicho raro.
Y al hilo de esto, cómo no, os dejaré con un vídeo del reino animal, para que veáis por vosotros mismos lo cruel que suele ser también la naturaleza para con su fauna.
Al menos nosotros, los humanos, tenemos esa capacidad, la posibilidad de conservar la dignidad y mantener la cabeza erguida, aún enfangados en la peor de nuestras malas rachas.
Ellos, los bichos, no pueden elegir.
A propósito… Mejor las aves migratorias que las carroñeras, ¿no?
El vídeo* sabe de lo que hablo. (Si no sale bien a la primera pulsar en Replay)

P.D.: Yo siempre he creído que al final somos fruto no del espermatozoide más intrépido, sino por el contrario, del más despistado. Quien les manda de hecho meterse en un óvulo, sabiendo como son de posesivas y mandonas las mujeres. Lo dicho, la curiosidad mató al gato.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Políticamente incorregibles part 2


Sí, este afán desmedido por matizar los rasgos característicos en trazos difusos, y la búsqueda enfermiza de la foto o el mensaje talismán, ha conducido a la política de nuestros días a aberraciones tales como los carteles electorales de Angela Merkel, escote al viento.
Parecía que habíamos tocado fondo con los implantes capilares de Pepe Bono, el estiramiento facial de Berlusconi, o las alzas en los mocasines de Sarkozy, que va y pare la abuela.
No tiene pues mucho sentido el agarrarse broncas por las sandeces oídas de un bando u otro.
El duelo de acusaciones e insultos entre Zapatero y Rajoy, caracterizado por el abuso del “Y tú más” aburre ya a moros y cristianos. Máxime, cuando se sabe que no es más que una pelea de gallos con los espolones almohadillados.
Entre ambos partidos, PP y PSOE, por no hablar del resto, y dejando a un lado la sangría económica que sufre el estado, digamos que da para sostener el brioso tren de vida de mucho ocioso y paniaguado a nivel local, regional, nacional y europeizado.
Yo entiendo que tanto la prensa, como la radio y la televisión, han de vender periódicos, noticieros y boletines de última hora, y que los blogs les suponemos una competencia muy desleal y no deseada, como para encima andarles con recomendaciones, pero, lanzo la pregunta al aire: ¿No les vendría bien, al menos durante una semana de prueba, el silenciarles el micrófono a todos estos cantamañanas y probar con otra cosa?
¿No sería positivo el condenarles a un ostracismo temporal y, mientras tanto, sentarse a esperar acontecimientos (eso a lo que ellos mismos suelen referirse como “cambios en la buena dirección”)?
Resulta triste aceptar que mientras algunos se arrojan a la cara sus mutuos chanchullos y tropelías, delante de flamantes y coloridos decorados orlados de emblemas y banderitas, los problemas más graves del país se dirimen a pie de calle con los sacrificios anónimos de los sufridos ciudadanos.

Y entretanto, dice así uno de los bancos más poderosos del mundo, curiosamente oriundo de nuestro país: El valor de las ideas.
Un banco que, junto con tres o cuatro más, tiene agarrado del pescuezo a media España y parte del extranjero y que, no importa el gobierno que haya, sea cual sea el color de su cascarón, siempre se las ingenia para obtener pingües beneficios.
Eso sí que son ideas valiosas.
Otra cosa, claro está, son las ideas entendidas como ideologías. De esto mejor no hablar porque da risa.
Todo el mundo sabe que hoy en día los laboratorios de ideas de los partidos, eufemismo y oximorón a un mismo tiempo, no son sino equipos de marketing compuestos por decenas de asesores, cuyo objetivo único es crear un producto de éxito.
Algo no muy diferente a esos paquetitos de golosinas multicolores que se colocan a pie de caja en los supermercados, incitando a esa compra compulsiva de último momento, y para la cual no existía previamente una necesidad real, pero que, a la postre, tira del resorte de las insatisfacciones individuales con descorazonadora eficacia.
O dicho más gráficamente, que tira más que dos carretas.

domingo, 30 de agosto de 2009

Políticamente incorregibles


Hacer un post dedicado a la política no es precisamente un placer que digamos, y desde luego, mucho menos aún algo de lo que estar orgulloso. Muchos que lo leáis de hecho pensaréis: Se ha ido a por un tema fácil. Y en cierto modo tendréis vuestra parte de razón.
Porque si se mira bien, suele ser justamente sobre estos temas apasionados y espinosos, en los que la opinión propia, a menudo soterrada, emerge a la superficie y bulle sulfurosamente, con los que el escribano más a pierna suelta se halla tecleando. Las palabras, de hecho, fluyen solícitas y con profusión como por encima de una imaginaria cinta transportadora, de la que se van cogiendo y ensamblando sin apenas esfuerzo.
No hay sino abundancia, y no hay sino, en sentido inverso, pocas ganas más allá que las de ponerse uno a hacer demagogia. Paradojas de la vida.
Decir pues que la política es nauseabunda, que es una cloaca infestada de ratas, o por ser más suaves, que es un mercadillo de charlatanes, donde los chanchullos y las falsificaciones se negocian a grito pelado, y que la competencia, en lugar de incentivar la mejora continua de las propuestas, degrada el sistema y lo desvirtúa, son ya lugares comunes muy transitados.
Haré en cambio un esfuerzo, y al igual que no me acuerdo qué pensador romano, me aprestaré mejor a recordar que nuestras vidas personales, nuestra relación con la sociedad, en la escala en que le es propia, no deja de ser en sí misma también política.
Los criterios que adoptamos para determinar quienes son nuestros amigos y sobre con quien o quienes se debe o no dialogar, no son en el fondo muy distintos a las bases programáticas de los partidos, y de igual manera, están sembrados de buenas intenciones y sabios propósitos de justicia y respeto mutuo.
Una actitud muy loable, que a la hora de la verdad, y sobre la arena del circo en el que se dirimen nuestras disputas cotidianas, queda sin embargo convertida al instante en papel mojado.
Vale, los políticos son una fauna perversa. Ni uno solo se salvaría de la quema, sometidos uno por uno al juicio de un hipotético tribunal omnisciente. Seres con la conciencia muy enferma, o directamente sin conciencia. Con ella extirpada. Como si al igual que sucede con la vesícula biliar, fuera un órgano del que se pudiera prescindir, y no por ello dejar de hacer una vida normal.
Y sí, cuanto mas ruines y retorcidos mejor dotados se hallan para el ejercicio de su profesión, como bien demostró en su obra El Príncipe, Nicolás Maquiavelo.
Pero es que, aceptémoslo, nosotros no somos tampoco mancos cuando se trata de defender nuestros intereses, y no siempre tenemos la suerte de poder prescindir de ciertos métodos y/o ciertos intermediarios, bajos y rastreros, para conseguir aquello que queremos, y que, erróneamente o no, pensamos que es lo que nos corresponde.
Así, no hay pues más que hacer un poco de autocrítica, para enseguida advertir que nuestra actitud hacia los demás se rige también por esa dualidad bíblica. Esto es, medallas y diplomas para los que comulgan conmigo, y, por oposición, a la hoguera con los infieles.
La línea divisoria entre nuestros aliados y aquellos que forman parte del lado oscuro de la fuerza, el muro más bien, en absoluto es delgado o poroso, y al igual que en el caso del canal de Panamá, consiste en un complejo entramado de esclusas en el que la decisión sobre los buques que lo atraviesan, y los que no, implica a numerosos mecanismos y voluntades. Tratar de cambiar el rumbo de los afectos y desafectos, es a la larga tan frustrante como la navegación fluvial para un viejo lobo de mar.
Y nadie quiere ir a encallar justamente en medio de aguas en reclamación. Abocados a una capitulación incondicional.
Pero hay que atreverse, y no ser cobardes, a buscar en nuestros rivales su punto de honor. A usar la política como espadachines de esgrima, y no como elefantes marinos en época de celo.
Se trata pues de amagar por la diestra y soltar la estocada por la siniestra, pero sin nunca – jamás de los jamases - tocar al rival por debajo de la cintura.
Desde aquí, pues, queridos amigos, y pese a lo apropiado que resulte para el chiste fácil, os invito no obstante a no dejar de pensar políticamente. No os dejéis caer en la resignación y rechazad de plano las excusas vulgares, timoratas y borreguiles, para no implicarse en el debate.
No renunciéis a mirar a los ojos a vuestro oponente. No renunciéis a darle la oportunidad, y a dárosla a vosotros mismos de revisar agravios y malentendidos. Estoy convencido de que es bueno para la salud en general, pero sobre todo para la del alma. Vuestra vesícula os lo agradecerá.

martes, 11 de agosto de 2009

Sirenas Azules


Ahhh… ¡Qué gusto da estar de vacaciones! ¡Qué diferente es todo! Y ello a pesar de que por el noroeste de la península, casi como de costumbre, la sinrazón meteorológica arrecia. No será óbice, en cualquier caso, para que nos comprometamos a exprimirle todo su jugo.
¡Este verano estará siendo una mierda, pero qué diablos, es nuestro verano!
Pues sí, dos semanas de jijijí-jajajá, y aún no se ha presentado un solo día que hiciera un tiempo medianamente decente. Lo digo sobre todo pensando en la gente del sur de la península, donde siempre luce el sol, aunque también un poco en los del hemisferio austral, donde este tipo de disyuntivas, a estas alturas del año, son por completo futiles.
El caso es que cuando vienen así dadas, el único recurso que queda es sentarse frente a la ventana y ver las nubes pasar, o traducido a los tiempos en los que vivimos, encender la televisión.
Creo haber dicho ya muchas veces que el idilio que existía entre la caja tonta y yo acabó hace tiempo en los juzgados. Con todo, y nunca lo hubiera imaginado, pero al igual que muchas parejas de carne y hueso, hemos decidido darnos una segunda oportunidad.
No es ninguna risa, pues en el verano el consumo televisivo se viene abajo, y únicamente los muy especializados en nadar a contracorriente, como un servidor, le damos ese respiro que asegura la flotabilidad de sus audiencias.
En general nada, cosas sueltas, partidos del Madrid y películas resesas. Todo de muy baja ralea. Aunque haciendo de la necesidad virtud, y después de mucho revolver entre las basuras, hubo momentos en que hallé alguna perla.
Pues bien, uno de esos momentos coincidió con el programa Callejeros Viajeros – sí, ese engendro inmundo, telerrealidad de la peor especie - pero que por una vez traía a nuestras pupilas un reportaje novedoso, sin manosear, de los que cuentan cosas que en lugar de atontarte, te hacen más listo.
Versaba sobre Moscú, la megalópolis europea por excelencia y aún así para casi todos, una completa desconocida, y relataba, a grandes rasgos, y sirviéndose como hilo conductor de unos cuantos españolitos por allí desperdigados, el como de una urbe soviética empobrecida, resacosa, cuadriculada, vetusta y parapléjica, llena de megalíticas colmenas de hormigón, y si acaso salpimentada con algunas briznas de arquitectura exquisita, por aquello de las postales, como el kremlin, o el metro, se había dado el salto (el triple salto mortal con tirabuzón) a un hervidero capitalista hipertrofiado y caótico, deshumanizado y cocainómano, a un tiempo finolis y al otro cochambroso.
Es pues que la brecha entre la media docena de rascacielos espejeantes, y su larga lista de parientes pobres aquejados de aluminosis, vendría siendo un reflejo de las monumentales desigualdades de esa ciudad, pero, hete aquí lo bueno, en ningún caso tan flagrantes como a la hora de sentarse al volante del propio coche y tratar de atravesarla de punta a punta.
Y es que según parece, el tráfico de Moscú es de lo peorcito que uno se puede encontrar a nivel mundial. Vamos, el infierno del que hablaba Rambo. Y, así, sin exagerar, uno podría echarse tranquilamente varias horas, cuando no una mañana entera, en el intento.
Lógicamente los oriundos del lugar, es decir, los propios moscovitas, comprendieron que así no se podía andar por la vida. No era aceptable para un país civilizado el que, en su capital, los atascos lo empantanasen todo, entorpeciendo e incluso imposibilitando hasta las diligencias de máxima prioridad nacional.
Idearon pues un sistema: El dotar de una sirena y su correspondiente lamparita de color azul, como en las añejas series de polis y cacos estilo Starsky y Hutch, a aquellos coches de gerifaltes y capitostes designados por decreto, y obligar a que, al verlos venir, las calles atestadas de cuatro latas se abriesen para dejarlos pasar, cual si estas devinieran en las aguas del mar Rojo.
Fue tal el éxito de la medida, que, cómo no, enseguida todo bicho viviente se comenzó a celar. Y todo aquel con pretensiones, o que se consideraba pieza clave del sistema, interpretó como un desaire el verse privado de su propio faro guía, abandonado por los suyos en los océanos del “mindundismo” y la mediocridad.
De modo que se le dio una nueva vuelta de tuerca al invento, y se puso al alcance del pueblo llano la potestad de ostentarlo, eso sí, previo desembolso de un prohibitivo porrón de rublos.
Por fin los mafiosos y los magnates petrolíferos (no se por qué los separo en dos categorías, pudiendo economizar las palabras) podrían hacer gala de sus fastuosas limusinas, y pasearse a todo trapo con ellas por las discotecas más chic del lugar.
Más y más alardes de privilegios que, no nos engañemos, son el cogollo de las sociedades capitalistas, y que en el erial del agostado y reseco comunismo heredado de Stalin, y al que Gorby plantó fuego, han prendido con inusitado vigor.
Y mientras tanto todos estos nuevos zares, rodeados de lujo y meretrices, se ríen del frío atenazador de sus paisanos, de sus articulaciones anquilosadas, de sus entumecidas extremidades, del orín en sus hoces y martillos, no hace tanto temibles. Unos compatriotas que, ya sea con unos o con otros, nunca parecen ser capaces de erigirse, o al menos de proponérselo, en un país feliz.
Aquí nos quejaremos, pero es que, qué carallo, en Rusia nunca es verano.

lunes, 27 de julio de 2009

La luna: Historia de una ilusión óptica


No suelo ver la tele, es más, la desdeño sin ningún remordimiento de conciencia. Ni me enseña, ni me entretiene, ni me dice contenta hasta el programa que viene, sobre todo desde la desaparición del libro gordo de Petete.
Sin embargo el pasado lunes sí me dio por encenderla, y curiosamente, después de tantos años, por fin encontré algo que suscitara mi interés. Se trataba, de Jesús Hermida, nada más y nada menos, conduciendo un documental-homenaje al 40 aniversario de la llegada del hombre a la luna, y he de decir, que pese a lo muy trillado del tema, me gustó.
Me gustaron las imágenes que se emitieron, gran parte de ellas desconocidas para mí, y me resultaron también interesantes las opiniones de los personajes famosos invitados. Dicho sea de paso, lo de famosos, aquí despojado del sentido peyorativo que habitualmente le solemos dar.
No obstante, la intervención de David Cantero, el presentador del telediario del fin de semana en TVE, me resultó en exceso reiterativa y artificiosa. Su defensa enconada de la autenticidad del relato o “verdad oficial” en el que se apoya la Odisea Lunar, pese a refutar uno por uno los argumentos habituales de quienes la ponen en duda, en ningún momento abandonó el lado pueril de la cuestión, para, cuando no, directamente obviar aquellas pruebas en contrario que precisamente son las que más sospechas levantan.
Solo por poner un ejemplo: Se habló mucho de por qué la bandera americana ondeaba y por qué no. Solemne memez, pues en la luna no hay aire, pero es que en un estudio cinematográfico tampoco cabría imaginar las supuestas rachas de viento que la pudieran agitar.
Se mencionó la mala calidad de la imagen, etc, etc…
Quedó, pues, muy bien desmontada la teoría de la falsificación de la historia, refiriéndose a sus detractores como meros aficionados al siempre entretenido pasatiempo de buscarle los tres pies al gato.
No se dijo palabra, en cambio, y aquí viene lo realmente intrigante, a los estudios serios que en su día la Universidad de Ítaca, en Long Island, hizo sobre el asunto, curiosamente una de las pocas en todos los EE.UU. que se autofinancian y no reciben donaciones ni estatales, ni gubernamentales, ni de corporaciones privadas. En ellos se ponía de manifiesto, para abreviar, la imposibilidad de que ninguna sonda o cuerpo metálico hueco, como la cápsula espacial, pudiera entrar en la órbita lunar sin sufrir considerables deformaciones, lo que habría creado físuras en el fuselaje, y por efecto del vacío, acabado de inmediato con las vidas de sus tripulantes. Sencillamente el momento angular de la rotación lunar y el remanente de la gravedad terrestre, siete veces superior a la que en forma de mareas percibimos nosotros aquí por efecto de la luna, en lugar de anularse en el momento de la entrada en fase, como erróneamente se predijo, y aún hoy interesadamente se sostiene, obligaría por el contrario a una maniobra de reposicionamiento a más de 5000kms/h, y en menos de entre 30 y 45 segundos, para la cual es evidente que el habitáculo no estaba diseñado.
En cuanto a los astronautas, Armstrong y Aldrin, que fueron los que - siempre hipotéticamente - dieron el paseo lunar, poco más se supo de ellos después de consumada la función. Su desaparición de la vida pública fue, y siempre estuvo rodeada de un halo de misterio e incluso de santidad, difícilmente explicable para los tiempos que corren. Tiempos de sobreabundancia informativa y en los que, a cualquier evento que tiene lugar, por insulso que sea, se le exprime todo el jugo. Podrían haber hecho fortuna vendiendo su experiencia del acontecimiento, pero no lo hicieron. ¿Por qué? ¿Acaso por que no lo necesitaban? ¿Acaso alguien puso en sus manos la suficiente cantidad de dinero para que se desvanecieran sin dejar rastro? Sólo preguntas.
Collins, por su parte, gran adepto de la ufología, el tercero en discordia y que ocupó el papel más oscuro de la trama, no pudiendo poner sus pies sobre el satélite, sería paradójicamente él más fácil de contentar. La NASA , a su regreso, consintió en que contara la inverosímil historia de un OVNI. Un objeto no identificado que únicamente él habría avistado por la escotilla de la nave, y del que nadie más tuvo noticia, ni tampoco se volvería a hablar, salvo en muy contadas ocasiones.
Por supuesto hubo quien llegó a afirmar que las secuencias de la superficie lunar eran una filmación realizada por Stanley Kubrick, pero de nuevo se trataba de una forma de desacreditar esa posibilidad asociándola con algo rocambolesco y rebuscado. Más propio de freaks, que de gente común y capaz de razonar serenamente.
De hecho, la propia NASA se encargó del montaje y no necesitó de ningún estudio en Hollywood para llevarla a cabo. Se sirvió perfectamente de un polideportivo semiabandonado a las afueras de Middletown en New Jersey.
El ordenanza del centro, que sí pudo tener acceso a lo que estaba ocurriendo, no pudo sin embargo entenderlo hasta pasados varios meses, fecha en la que se efectuó el lanzamiento de la nave Apollo 11 desde Cabo Cañaveral. Ninguno de quienes le prestaron su oído, incluidos sus familiares, le creyeron cuando les contó su versión en retrospectiva de lo que había presenciado. A fin de cuentas era un hombre bastante mayor y aquejado de una fuerte afición por la bebida. No hubo, pues, necesidad siquiera de quemar pólvora alguna para deshacerse de él.
En cuanto a los muchos técnicos de la sala de control en Tierra, recordar simplemente que sólo tres de ellos estaban a cargo de la fase final del vuelo, más en concreto la relativa al descenso, retorno y recogida del Eagle (el módulo lunar), curiosamente la misma que más tarde se pondría en tela de juicio. Ni Carmichael, ni Jobs, ni Mancuso, que era así como se llamaban, eran empleados veteranos de la NASA, tampoco estaban casados ni tenían familia, y al mes siguiente, todos - los tres - se habían mudado de sus residencias o apartamentos misteriosamente. ¿Tal vez en excursión vitalicia a algún islote paradisíaco de las Bahamas?
Para los soviéticos, por supuesto, la gran derrota que supuso verse superados en la carrera espacial por los americanos, levantó muchas ampollas, pero nada comparado a lo frustrante que les resultaría no poder refutarla, aún cuando sabían de primera mano que todo se trataba de una mascarada de proporciones astronómicas.
Sus receptores de radio, incapaces de ubicar señales provenientes de más allá de las órbitas más exteriores de nuestra atmósfera, poco pudieron hacer para dar testimonio del suceso. Todo intento por seguir el rumbo del Eagle fue en vano, pues no se disponía entonces de la tecnología adecuada. Algo que, ironías de la vida, si se podría haber llevado a cabo simplemente con el GPS de un teléfono celular de hoy en día. Sin virguerías, el de uno normal y corriente.
Pues bien, todo esto que os acabo de contar no son más que una sarta de trolas que me he inventado para mayor goce de mis juguetonas y maliciosas neuronas.
La verdad oficial, manque les pese a muchos, suele ser siempre la válida, y todas las demás historias de confabulaciones y conspiraciones en la sombra, no suelen pasar de material de desecho para novelas por entregas, y revistas de pseudociencia y/o fenómenos paranormales.
La verdad es como el agua en las manos. Así de escurridiza. Cualquier intento por retener su versión adulterada no prospera en el tiempo, y desde luego, en lo que atañe a la conquista de la Luna, de ningún modo y con lo que se sabe, habría perdurado a lo largo de estos 40 años.
El sueño de alcanzarla, de hacerla nuestra, se cumplió. Y eso es tal vez lo peor de todos los sueños, que un buen día (o mejor diría un mal día) se pueden hacer realidad.
Fue posarse en ella, ver que allí no había nada que mereciera la pena, y venirse de vuelta, para nunca más regresar.
Con todo, y pese a haber sido irremediablemente desmitificada 4 décadas atrás, yo aún sigo sintiendo un leve estremecimiento cuando la veo asomarse por las noches en el horizonte, o tras unos jirones de niebla, o cuando me saluda cariñosa los amaneceres, como despidiéndome camino del trabajo. Ella es y seguirá siendo sinónimo de la pureza y la blancura que espera por nosotros, la que no se avergüenza de su condición solitaria, y que se encuentra allí donde solo es posible alcanzarla con la punta de los sueños.

P.D.: Por supuesto, mi reconocimiento para David Cantero, por su apasionada al igual que ilustradora defensa de la lógica y el método científico, en y desde un medio como el suyo, el televisivo, de siempre tan predispuesto a optar por el camino fácil de lo simplón y chabacano.
Afortunadamente a veces no todo se reduce a leer el “teleprompter” como robots parlanchines, y hay hueco para la profesionalidad de verdad.
Resumiendo, gracias por poner las cosas en su sitio.

martes, 14 de julio de 2009

La loca carrera del mundo


Citius, altius, fortius. Este latinajo, como todo buen deportista debería saber, es el lema que el barón Pierre de Coubertin, fundador del movimiento olímpico, acuñó en su día para reivindicar el propósito elevado, y la pureza moral, del redescubrimiento que él solito se sacó de la manga de los juegos de la Grecia clásica. Más lejos, más alto, más fuerte.
Nobles ideales, desde luego. Alentados si bien, en el corazón de este ilustre personaje, por las mentes de la por entonces declinante y aburrida aristocracia europea, para quienes de pronto las guerras y sus gloriosas batallas, como las napoleónicas, habían dejado de ser fantásticas aventuras en las que hacer ondear sus pendones y demás heráldica de rancio abolengo, cantadas y contadas por la voz de los trovadores y la pluma de los novelistas. Unos conflictos que, de la noche a la mañana, y sin poder hacer nada por evitarlo, pasaron a convertirse en sucias trincheras desde las que el nuevo reporterismo gráfico y escrito relataba su verdadero fondo de miseria. La nueva prosa, en la que el barro ensangrentado por la metralla se había convertido en protagonista principal, entendían ellos que ya no era el escenario ideal para resolver sus versallescas disputas.
Es curioso, sin embargo, que este invento concebido en principio con tal fin, el de alejar a las clases de sangre azul de todo contacto, aún figurativo, con la roja, ha acabado, transcurrido un siglo, enloqueciendo de pasión a esas clases plebeyas, a esa turba de la que en principio iba a servir como elemento diferenciador. Y es que de bien nacidos es ser agradecidos, como dicen en mi pueblo. Aquellas generaciones a las que apartó para siempre de su trágico destino bajo el fuego de mortero y el gas mostaza, la nuestra, le pagamos con un amor incondicional ese enorme favor, y ello aún a pesar de llevar alojado en su espíritu el estigma de esa concepción de tan elevada cuna.
Llama la atención, pues, que lo que los coetáneos del tal barón francés querían eludir a toda costa, la plebe, y sus groseras costumbres, ahora devenida en su principal beneficiaria, se subiese al carro sin pedir permiso y sin pensárselo un momento. Y así, poco a poco se fuera asimismo incardinando masivamente, y cual virus patógeno, adueñándose del que desde entonces no sería ya nunca más un entretenimiento de elites, sino el circo máximo del populacho.
La carcasa de ideales sublimes, único vestigio de su pasado nobiliario, se mantendría eso sí, en pie, pero ello no impediría que su carácter, filosófico en origen, fermentase con el tiempo, y por efecto de su vulnerable condición, se transmutara en algo que, con cada día transcurrido, se irá asemejando cada vez más a una religión. Una religión con su propia liturgia, su omnipotente jerarquía, e incluso sus sagrados templos. Que, en cierto modo, arrastra el baldón de no contar con un dios, pero que en contrapartida ofrece ídolos en abundancia a los que adorar.
Véase a este respecto la presentación de Cristiano Ronaldo en el Santiago Bernabeu, pinchando aquí.
Sea como sea, se vista o no a la mona de seda, el olimpismo, o el deporte en general, que vienen siendo palos de la misma madera, nunca podrán esconder, ni aún recubriéndola del más fastuoso oropel, físico o metafísico, su verdadera genealogía puramente animal.
La competición es el motor de la vida, el Santo Grial de su eterna renovación. Una especie de seguro que garantiza la impoluta regeneración, con cada ciclo, de sus mecanismos y sistemas operativos, en todas sus formas y manifestaciones. Es el meollo de la cuestión. Y no tiene nada de aristocrático, ni de divino, y hasta si se me apura, ni de humano (en un sentido estricto).
Para empezar, una de las premisas básicas de la selección natural es que los machos mejor dotados han de competir entre sí por las hembras reproductoras más saludables. Esta realidad, palpable en el día a día de nuestras existencias, y no hacen falta pruebas de laboratorio que la refrenden, es la que le da todo el crédito a la teoría de la evolución, y por ende, desmonta y anula toda esa otra patochada sonrojante centrada en aquello que se ha dado en denominar como “Creacionismo o Diseño Inteligente”.
La competición entre las especies, entre las diversas razas de que se componen, y entre los miembros del género masculino y femenino de que constan, cada cual en su estilo, es lo que mueve el mundo. Y poder ofrecerle un territorio habitable y un suministro regular de alimento a la siguiente generación es el exponente y la consumación de ese triunfo.
Nosotros, los seres humanos, como parte integrante del reino animal también competimos a todas horas y sin descanso. En absoluto con menor entusiasmo, fervor, o desesperación del que emplearía un veloz caballo de carreras, o una tortuga. Paradójicamente esta, con toda su lentitud a cuestas.
Así la crisis mundial que hemos sufrido a lo largo de todo este año es una muestra de lo que digo. ¿Cómo y cuando se originó?, empezaríamos por preguntarnos.
¿No resulta, de hecho, bastante llamativa la circunstancia de que su inicio coincidiese con los juegos olímpicos de Pekín, en los que la nueva China, autoerigida en superpotencia, hiciese una tan extraordinaria demostración de músculo ante el mundo?
Algunos pensarán que lo que hizo que los mercados mundiales se constiparan fueron las hipotecas basura, o una concatenación de estafas que el capital-riesgo, incomprensiblemente débil, no pudo resistir sin caer enfermo. Pero eso ha existido siempre y a nadie se le han caído los anillos. Eso que todos dicen lo está llevando a mal traer, se halla en su propia esencia. Véase si no este fragmento genial de la película “Un día en las carreras” de los Hermanos Marx.
Lo que realmente sucedió, opino yo, y de paso aprovecho para pedir disculpas por el vicio que tengo de sentar cátedra, es que el dominio estadounidense del último medio siglo, al verse amenazado, temiéndose lo peor, que en este caso sería el verse sobrepasado por la emergente y superpoblada nación oriental (el ejército más numeroso del mundo), sufrió un ataque de pánico. A la bolsa de Wall Street se le encogió el brazo, los inversores retiraron los fondos de allí donde los habían inyectado, y los millonarios de medio mundo echaron a correr en línea recta hacia a los paraísos fiscales. Países comodín en los que tu nacionalidad, y la de tu dinero, se diluye sin que nadie haga preguntas, y desde los que, una vez superado el trance, estos podrían volver de nuevo a apostar a caballo ganador.
Ocurre, si bien, que la verdadera aberración en todo este juego globalizado de intereses políticos, y su consiguiente mercadeo de influencias geoestratégicas, ha sido la idea absurda de los mandatarios chinos de hacer con su obsoleta y apolillada retórica comunista, y diseños de economía tecnológico-recreativa prestados del capitalismo más salvaje e inhumano, un matrimonio de conveniencia que ha acabado resultando de lo más tóxico e ineficaz que se pueda imaginar para el planeta en su conjunto. Y lo peor aún está por venir. Este video da una idea solo del comienzo.
El Capitunismo, la resultante - el hijo - de tan funesta unión, capitalismo y comunismo, ha heredado de cada uno de sus progenitores sus cromosomas más abyectos, los que menor valor le podían aportar. Oportunismo capitidisminuido.
Tratar de crear de nuevo un imperio totalitario en pleno siglo XXI, al estilo de esos otros muchos de tan infausto recuerdo, la Alemania nazi, la propia España de los tiempos de la Inquisición, y en la que nunca se ponía el sol, solo es posible haciendo trampas.
Pero los tramposos, los muy viciosos, al no ser nunca capaces de parar, ni aún después de haber hecho saltar la banca, rara vez logran escaparse del casino con el dinero en sus bolsillos.
La insaciable economía china, una vez hubo debilitado casi hasta causarle la muerte a su animal huésped, al que parasitaba indecentemente, y echando mano de todas las ilegalidades, e injusticias sociales, que solamente el tercer mundo se da el lujo de permitirse, se encuentra un buen día con que, sin su rival, no es nadie ella tampoco. Es pues que todos los negocios multinacionales de cuya savia se nutría, se marchitarán al instante siguiente, y con ellos se vendrá abajo todo el tinglado, arrugado y caduco, en lo que sin lugar a dudas se podría calificar de mastodóntico efecto dominó.
Y lo gracioso del tema es que esto no es nuevo.
El miedo que nuestros vecinos del otro lado del Atlántico sienten por todo lo oriental es casi proverbial, siendo una constante que se repite una y otra vez. Primero fue el resurgir industrial de Japón (sirva aquí de ejemplo la película Black Rain de Ridley Scott, y especialmente la escena en la que se observan a lo lejos las humeantes chimeneas de las fábricas de Osaka, todo ello sazonado con la impresionante banda sonora de Hans Zimmer), luego que si la crisis financiera de los tigres asiáticos de 1997, otra vez achacada al estallido de una burbuja inmobiliaria y el caos derivado de la especulación…
A mi, por el contrario, más me suena a que, desde que la maquinaria de guerra americana se topó de bruces con Vietnam, todo viento enrarecido que procede de esa zona le enrojece la nariz, le pone el vello de punta y le revuelve los intestinos, para como de costumbre, acabar contagiándonos la indisposición a todos los demás.
Pero volvamos a lo mundano y a lo que nos atañe a nosotros, simples ciudadanos de a pie, que también nos enfrascamos en nuestras guerrillas cotidianas.
Esto es lo malo de la lucha por la preponderancia, el estrés que genera competir con los otros postulantes, y las derrotas que de vez en cuando toca encajar.
Pero la superación que ello entraña en uno mismo, es sin embargo algo hermoso. El efecto mismo de crecer y romper barreras es ya de por sí espectacular. Tanto en lo relativo a las personas, como en sus obras. Y si no, contemplad estas imágenes del sensacional film “Home” (minuto 25 aproximadamente / se puede llevar directamente el cursor a ese punto / gratis en You Tube toda la película) y decídme si no os parecen majestuosas: El rascacielos World Financial Center de Shangai superando en altura al Jin Mao Tower, que de pequeño no tiene precisamente nada. Hallándose ambos de hecho, de momento, entre los dos o tres más altos del mundo.
Unos límites que se han de tratar de rebasar, pero sin perder nunca de vista el contacto con la realidad. Sabiendo donde realmente se encuentran.
Para que no pase como tantas otras veces y tengamos más crisis como estas en que la codicia, y el ansia de poder, el afán de doblegar al rival, nos lleven al borde del abismo. Un buen jinete ha de saber cuando su caballo puede dar más de sí, y conducirle a la victoria, y cuando se expone a reventarlo, acabando con la vida del que a sus lomos le ahorraba penas y esfuerzos. Nunca se debe como hizo Marnie en la película Marnie, la ladrona, de Hitchcock, obligar a nuestra montura a ir más allá, a saltar un muro más alto de aquel para el que está capacitado.
En cierta manera, la humanidad, tan engreída, tan engolada, con su artificial civilización estructurada en forma de pirámide invertida, ha demostrado una vez más con esta crisis, de la que ahora Dios mediante parece que vamos resurgiendo, no ser menos frágil que Forio, el caballo de Marnie, al que con tan solo fracturarse una pata ya hubo que pegarle acto seguido el pistoletazo, el tiro de gracia.
Al pobre animal, que en teoría no tenía culpa de nada.
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P.D.: Me he tomado ciertas licencias para escribir esta historieta que deforman bastante la realidad. Si queréis saber más, y con conocimiento de causa, sobre la personalidad del Barón Pierre de Coubertin, os recomiendo leer aquí su biografía.

lunes, 29 de junio de 2009

Exin-Cumpleaños


Llega un momento en esta vida en que, rebasada cierta edad crítica, ya no nos gusta cumplir años. Ya no nos parece divertido, ya no nos ilusionan tanto aquellos regalos de entonces, el cine-exin, el exin-west, el exin-castillos, cuando dependíamos enteramente de la financiación de los “mayores” para satisfacer nuestros caprichos infantiles... Sí, es una fecha incomparable en el calendario, con motivos de sobra para ser recordada con cariño y alegría, pero solo de pensar en que el asilo está un poco más cerca, se le queda a uno cara de exin-momia.
Yo personalmente, hubiera preferido quedarme en los 10 y no pasar de ahí, y si lo sigo haciendo (cumpliendo años) es meramente por prescripción facultativa. Aseguran todos los profesionales de la medicina a los que he consultado que si quiero seguir bien de salud es muy recomendable - más aún, imperativo - el que continúe apagando las velitas con la consabida regularidad anual, y a ser posible, sin excederme con el tamaño de mi porción de tarta.
Afortunadamente, para mi blog, Food and Drugs, la disyuntiva entre que si hay que alegrarse o entristecerse, de si merecía la pena haberse tirado otro año más escribiendo “eso” en Internet o no, y aquí me refiero con “eso”, a ese subproducto reprocesado, básicamente compuesto de lo que se encuentra uno en el recogedor después de pasarle la escoba a la cabeza al final del día: fobias, pataletas retestinadas del curro, amoríos que no dan la talla, le coge aún demasiado pezqueñín.
Y después de todo no es que hayamos hecho gran cosa, pero estoy satisfecho.
Ciertamente un homenaje del estilo de los de Informe Semanal, de esos que a veces hacen que se te salten las lágrimas (que si los exiliados de tal o cual guerra injusta en medio de la selva centroafricana, que si los héroes de tal o cual pueblo que dieron cobijo a perseguidos de las mafias…) estaría muy, pero que muy, re-que-te-bien, pero es evidente que la letra no va con la música.
No se hicieron las margaritas para la boca del cerdo.
Dar las gracias pues, simplemente, como ya hice el año pasado por estas fechas, a mis visitantes regulares, y especialmente a aquellos que más se esforzaron en dar una respuesta coherente a mis desvaríos, por la confianza depositada, y felicitarles también por la fortaleza de ánimo que han demostrado.
Entre nosotros, la lectura es buena, pero no toda.
Por último brindar porque el “nene”, ha superado la barrera fisiológica de los dos añitos, la llamada etapa esfinteriana, y ya no se hace pis y caca en los pañales… ¿O todavía sí?

P.d.: Hablando de aquellos añejos reportajes de Informe semanal… Os recomiendo ver este. Estremecedor.

viernes, 19 de junio de 2009

Impopularidad


Es difícil explicarle a un dromedario que es esto de la impopularidad, o el no tener amigos, o el caerle antipático hasta a los vendedores de crecepelo.
Ellos viven en la soledad del desierto, cargan toda su vida con una repulsiva joroba en la que almacenan grasa (el mismo sebo asqueroso que se ve salir a borbotones en las liposucciones), y los beduinos se aprovechan de ellos sin tapujos (precisamente además, por su capacidad asombrosa, y hasta yo diría que heroica, de aguantar la sed).
Digamos pues que su existencia es definitivamente un insulto para los amantes de la buena vida.
Pero tienen un punto a su favor, y es que jamás han conocido otra cosa, y eso, creedme, es lo que marca la diferencia.
En su fuero interno, y a pesar de su indiscutible laxitud en lo que respecta a la buena presencia, los dromedarios tienen un “algo” que, desde la primera vez que vi a uno en vivo, hizo que me resultaran simpáticos.
Estos bichos, entre oasis y oasis, dan la sensación de pasar olímpicamente de todo, como si lo que sucediera en el mundo exterior no fuera con ellos.
No ven la necesidad en ningún momento de organizarse, de aliarse con el pelirrojo debilucho de la clase, el gafotas empollón y el gordo zampón y patoso, para birlarle la churri al engreído y jactancioso capitán del equipo de fútbol americano; poniendo para ello si es preciso, las aulas y el comedor de la universidad patas arriba.
No, el dromedario sencillamente no cree en los finales felices y no se complica. A fin de cuentas, su destino está sellado de antemano.
Y aquí, enlazo con esa otra cuestión tan escurridiza como es la del porvenir, o de si existe alguna clase de predestinación, o libro de ruta, para nuestras vidas.
¿Está escrito en las estrellas la clase de personas que somos y lo que nos espera?
Yo a veces leo la definición del carácter de los de mi signo zodiacal y se me hiela la sangre. ¿Hay alguna relación entre una cosa y otra?
Cuestiones parapsicológicas aparte, de lo que no me cabe duda es de que tener el futuro en las manos de Aramís Fuster, sería algo que verdaderamente daría mucho yuyu.
Prefiero pues seguir en la inopia, no enterarme de nada de lo que pasa, y proseguir con mi personal e intransferible travesía del desierto. Y virgencita, virgencita, que me quede como estoy.
Como el dromedario. Con mi joroba a cuestas, pero feliz. O viceversa.
Por cierto, los más observadores habréis notado que he perdido el norte, y más concretamente el contacto con la Tierra. Me he visto pues obligado a sintonizar con Saturno.
En principio creo que allí Food and Drugs tiene unos cuantos menos seguidores, pero tiempo al tiempo… Me he propuesto poner en marcha una campaña promocional ultraagresiva, con gorras, llaveros y hasta globitos si hace falta. ¡Será por dinero!

domingo, 31 de mayo de 2009

La caja "B"


Bueno, todos somos personas adultas, y sabemos perfectamente qué es a lo que se le llama coloquialmente “la caja B”, no hace falta pues recordar que, de un modo u otro, es lo que permite que, mientras que sus empresas se hallan en suspensión de pagos, sus patronos, y en general los magnates que las presiden, puedan seguir pasándose este año el verano a bordo de su lujoso yate como si tal cosa, crisis y otras menudencias aparte.
Yo, en cualquier caso, entiendo poco de finanzas, y cuando me hablan de cajas, se me vienen a la mente las de zapatos, en una desviación de la conducta muy parecida a la de Imelda Marcos (la esposa de aquel patético dictadorcillo filipino), o sin ir más lejos de las de galletas, muy útiles también a la hora de guardar objetos insospechados en rincones prácticamente inaccesibles del trastero.
Aunque más habitualmente, y debido a su contenido original, suelen ser estas últimas las que más atraen mi interés. En este caso quedando mi fuerza de voluntad reducida al mismo plano que el papel de celofán que las envuelve, y siendo una marioneta de mi estómago, al estilo de Triqui, el monstruo glotón de Barrio Sésamo.
Por supuesto en materia de delicias reposteras también existen cajas “B”, pero al igual que en lo que respecta a las versiones cinematográficas de una misma película, una historia de tiros y persecuciones en coche (por ejemplo), el uso de la denominación “B” tiene connotaciones negativas.
Ello no obstante no las desprovee de su enorme utilidad.
Una buena forma de saber cuando estás de más en casa ajena, es decir, cuando tu visita ya excede el tiempo de lo cortésmente aceptable, es acogerse al test galletero.
Sea en desayunos o meriendas, la calidad de las galletas ofrecerá con total fiabilidad una información valiosísima de lo que tus anfitriones esperan de ti. Tal vez estos sean gente de una amabilidad sin par, incapaces de tener un mal gesto, o de descolgarse con una insinuación inoportuna que daría al traste con la amistad. No importa, las galletas tomarán la palabra y hablarán por ellos. Ellas serán su voz en su hora más silenciosa.
No en vano, unas galletas de mala calidad son a veces más eficaces que el repelente para los mosquitos.
De ahí que, cuando el común de los mortales son invitados a palacios y mansiones, a casas suntuosas de gente de posibles, una de las impresiones con las que se van, infaliblemente, suele ser este peculiar fenómeno de la mala calidad de las galletas.
¡No puede ser! Se sorprende la gente con alborozo. Cuchicheando entre sí con gran enjundia y no menor satisfacción. Convencidos de que sus riquezas se han de deber, por lógica aplastante, a la acumulación de recortes y privaciones que llevan a cabo en su dieta alimenticia, de clara inspiración “B”, y de la que las galletas son solo un reflejo.
Los muy ilusos, no comprenden que han sido víctimas de una de las argucias más viejas y más eficaces en el teatro de máscaras de las relaciones humanas.
De hecho, nada produce subconscientemente un rechazo mayor que una golosina insípida.
Es pues un hábito muy común el que nuestros ricachones de hoy, y de toda la vida, tengan siempre a mano una de estas cajas de galletas “B”, pagadas con el dinero de las cajas “B” de sus empresas en bancarrota, y en las que se solían fabricar las cajas de galletas de los dos tipos, “A” y “B”, hasta que las primeras dejaron de ser rentables.
Yo, por lo que a mi respecta, no quiero saber nada de cajas “B”, y no suelo incluirlas en mi lista de la compra.
Ello si bien no es óbice para que critique ese afán de tanta gente por saborear el lado “B” de la vida, y de convertir en catadores de todo lo “B” imaginable a cuantos les rodean, aún cuando sepan, en el fondo de sus conciencias, que ahora ya no se trata de una estrategia social deliberada, sino que simplemente han dejado de producir el modelo "A".

domingo, 24 de mayo de 2009

Post de fábula


Esta es la historia de dos bichejos que moraban en el entorno mixto de una charca y el secarral: Un pejesapo y una lagartija.
Ambos estaban visceralmente enemistados desde tiempos remotos, y, enredados en un enfrentamiento a cara de perro y sin viso alguno de resolverse por las buenas. Una pugna en la que el odio se retroalimentaba, siendo a la vez el producto y el residuo de su propia descomposición.
Pero tenía sin embargo su explicación: Las épocas de bonanza en la casa del pejesapo coincidían sin excepción con las de mayores penurias y escasez en las de la lagartija.
Era un simple cálculo de suma cero con el calendario en la mano. La estación de las lluvias sumía al reptil en el letargo y la depresión, mientras que otorgaba el aliento y la vida a la del anfibio. Y por el contrario, cuando llegaban los calores del simún, cambiaban radicalmente las tornas, yendo a parar el bienestar y la alegría de uno a hallarse en poder del otro.
Ninguno de los dos tenía suficiente cerebro para comprender que se trataba de una dinámica ajena a su voluntad, y en gran parte ese era el problema.
Entender que era una ley natural la que lo había dispuesto así, estaba por completo fuera del alcance de sus primitivos bulbos encefálicos, desprovistos de memoria e inteligencia emocional con sus funciones adaptadas a ese cometido.
En el colmo del sinsentido, pues, mutuamente se culpaban de su infortunio y achacaban a la prosperidad del vecino, con la que invariablemente se solapaba este, las causas de sus miserias. La desconfianza y los malos pensamientos de uno y otro les llevaban pues a creer en una teoría simple de recursos limitados por los que habrían de competir. Por supuesto, sin que ninguno de los dos hubiera antes oído hablar de la destrucción mutua asegurada, o por sus siglas en inglés, MAD (loco).
Y así sin saberlo, ese era su objetivo último, guerrear entre sí hasta el final de sus días, cuidándose bien de infligir en el rival el mayor daño posible.
Todo eso sin embargo cambiaría de sopetón una mañana del recién comenzado estiaje. Un día este en el que el sol se había asomado al horizonte con ánimo combativo, y que se intuía como uno de los peores imaginables para la estabilidad del pejesapo y de su charca, con sus cada vez más exiguas reservas hídricas.
Lógicamente la lagartija bailaba y hacía sonar sus maracas desde lo alto de un promontorio vecino. Para sus intereses aquello era jauja. Es más, nunca antes se había encontrado al pejesapo tan maltrecho, tan abatido, tan próximo a arrojar la toalla.
Y eso no hacía sino que su júbilo se incrementase aún más.

- Qué será de mí, oh-la-la, que me arrastro por el fango de la desesperación – canturreaba la lagartija a pleno pulmón, mofándose sin ningún recato de su renqueante enemigo.
- Infatuada lagartija. Tus esfuerzos serán más pronto o más tarde recompensados, y tu felicidad será completa. Hoy mis fuerzas han tocado fondo y me siento claudicar.
- Por fin. ¡Alabado sea Dios! La de plegarias que le habré elevado al altísimo, con las esperanzas puestas en ver llegado este momento.

La lagartija no cabía en sí de gozo. Saltaba, brincaba y sus cabriolas sobre la roca desnuda y ardiente del arenal subdesértico en el que habitaba, casi se podían contemplar a leguas de distancia.
- Oh lagartija – intervino de nuevo el pejesapo - ¡Qué grande es el odio que te profeso! Si con tus ojos pudieras percibir tan solo una décima parte de lo que yo veo cuando te contemplo, el asco te desquiciaría.
- Estupido anfibio. La falta de agua en la que remojar tu viscoso y verrugoso pellejo, la sequedad en que se ahogan tus tráqueas, te ha privado también de la razón. Y más que nunca en este momento, que estaba llamado a ser el de la lucidez, sigues siendo incapaz de comprender que un ser tan horripilante y vomitivo como tú, jamás podría haberse postulado de rival contra mi, una ágil, esbelta y pizpireta lagartija. Tu vida, el gran despropósito esquizoide de un ser depresivo y reconcomido por los celos, era un atentado contra la lógica de buen pensar y un experimento contranatura.
- Pido al cielo que todos te vean con el asco que a mí me inspiras, execrable alimaña – gritó de nuevo el pejesapo, ahora quebrada aún más si cabe su voz por lo dramático de su situación.
- ¿Asco dices?... Muy de agradecer sería, el que de una vez por todas admitieras tu equivocación, y que reconocieses en mí las infinitas virtudes que me adornan. El cielo me ama. El cielo se recrea en mí. Al cielo le gusto yo.
Y en diciendo esto, que abriría sus patas al azul intenso de la bóveda celestial, para con ello proclamar su definitiva e inapelable victoria, la lagartija no tuvo tiempo de ponerse a cubierto, siendo incapaz de evitar el pico hambriento de una gran sombra alada. Una sombra que no era sino la de un hermoso ibis de blanco plumaje, el cual al pasar por allí en vuelo rasante, decidió convertirla en su desayuno.
Apenas superado el susto, y por extraño que parezca, el espanto y la desolación se adueñarían del pejesapo. Ni una mueca de alegría se asomaría a su rostro. El sol continuaba enviando sus abrasadores rayos desde las alturas, la humedad de la charca se seguía evaporando con el mismo paso lento pero incansable, y a la vez, a su ya de por sí trágico devenir se habría añadido ahora otra carga más: El peso invalidante, e inconmensurable, de la soledad.